Natividad Sio, hace unos años, comentaba la enorme dificultad que encontraban sus alumnos para conectar con la literatura culta. Ya no se trataba de leer Don Quijote de la Mancha o El árbol de la ciencia, el problema era de una dimensión mayor, tenía que interesarles. Utilizaba el hip-hop como puente hacia la poesía y les decía que esos tipos vestidos como negros de Harlem (NY) que arriesgaban su integridad física haciendo piruetas inverosímiles sobre un monopatín bien podían protagonizar una vídeoinstalación, célebre happening o espectáculo post performance. El modelo autoritario basado en la lista obligatoria de lecturas establecida por el Ministerio y aplicada estrictamente por el profesor se había flexibilizado y dado paso a un modelo democrático donde el objetivo principal era el desarrollo de la capacidad crítica autónoma alumno. Por las noches leía Petita crònica d´un professor a secundària, de Toni Sala, y tomaba buena nota de lo terca que suele ser la realidad. A veces volvía a vestirse y caminaba hasta alcanzar la barra del Lisboa. Iñaki ponía algo de su aliento en la copa y la frotaba con un trapo blanco. “Al fin y al cabo Wagner abusó de la percusión y después se introdujeron elementos de otras culturas y todo ello fue positivo”. Iñaki asentía en silencio. En realidad Sio abandonó su particular concepción del marxismo basada en el telurismo, la futurología y algunas editoriales de la prensa diaria y que se resumía en la confianza en predecir el futuro y querer cambiarlo todo. A partir de ahora aplicaría tecnologías fragmentarias (había leído La miseria del historicismo, Karl Popper, sin digerirlo bien, tal y como escribí en otro sitio) atacando el problema de raíz. Basándose en datos experimentales y en la observación de la realidad, desprovisto de prejuicios ideológicos o teóricos, llegó a la siguiente conclusión: “La lectura compite en el mercado del ocio adolescente junto con otros bienes como el cine, los videojuegos, las hamburguesas, las retransmisiones deportivas, los escarceos sexuales o el alcohol. No podemos copar parte de ese mercado artificialmente mediante la imposición de lecturas, en la práctica se trataría de una política tendente a crear un monopolio. Atentaríamos directamente contra la libre competencia y su fina y extraordinaria capacidad de asignar el valor justo a cada cosa. Hay estudios que lo demuestran. Tampoco podemos dirigirnos a los consumidors expresando nuestro malestar y señalando el error de su conducta. Sería antipedagógico y anticomercial. Nadie te vende una camiseta porque estás gordo, ni una antiarrugas o anticelulítico apelando a tus defectos físicos. Voy a competir con otros productos porque el mío es mucho mejor, estoy convencido.” Así fue como este vídeo llegó hasta mí.