Daniel Pennac establece los derechos (imprescriptibles) del lector en Como una novela. Entre ellos destaca el derecho a no terminar un libro. En el territorio espiritual llamado Literatura exhibir músculo sirve de poco. Hay ascensiones (a veces un libro es más que una montaña) que me han resultado insuperables. No puedo con La montaña mágica. Lo he intentado varias veces, seis o siete. Que se le va a hacer. No sé si es un libro difícil o aburrido. No despierta mi interés. En el gimnasio me sucede lo mismo. Hay está esa máquina diabólica, Abdominal crunch, y su mefistofélica promesa de un vientre plano, veteado, resplandeciente y pidiendo a gritos su exposición al público solar y camusiano que frecuenta la arena de la playa. No puedo con ella. He observado los mejores ejemplares a su paso por la misma. Se sientan trazando un ángulo de noventa grados con la espalda firmemente apoyada sobre el respaldo negro y acolchado, han dispuesto su toalla con rapidez, gesto parecido al de una enfermera experta, con la mano derecha manipulan una clavija que selecciona el peso contra el que trabajarán los músculos abdominales. Manos a las agarraderas. Empieza la serie. Una detrás de otra, respiración acompasada, llenan los pulmones, aguantan un segundo, cuerpo hacia delante, expulsión progresiva del aire, contracción muscular, escorzo, ahora atrás, toma aire, llenan los pulmones, hop, hop, varias series sin descansar. Una y otra vez. Observo como un ornitólogo, siento cierta envidia. La máquina tiene una historia literaria, se coló en la serie de artículos que un reconocido crítico dedicó a la literatura concentracionaria. Pennac, a quien sigo a pies juntillas, explica en Mal de escuela alguno de los procedimientos antipedagógicos por excelencia. Textos con los que el alumno es incapaz de conectar. Quien dice alumno se refiere a cualquier lector autónomo, a cualquier tipo normal que decide dedicar una parte de su escasísimo tiempo a disputar con el autor de un libro. Aquí podríamos hablar de un mal francés. Houellebecq estuvo a punto de ver frustrada su exitosa vocación literaria por la irresponsabilidad de una profesora de literatura. También poseo el derecho a ignorar el Abdominal crunch, aunque el verano me delate. Tengo preparada coartada. Pero, ¿quién quiere unos abdominales así? Imagino que debe ser bastante incómodo lidiar con un tipo tan perfecto. Debe estar en todo momento pendiente de sí mismo, descuidando por completo a su compañera. Hastío, aburrimiento, monotonía, repeticiones mecánicas, solo falta apagar la luz y echarse la manta por encima. Como con La montaña mágica.