Hace unos días soñé que era un elefante morado, grande y manco. Señal inequívoca, debía escribir de nuevo en el blog. De la mano de un italiano petulante, el poeta que había ingresado en el psiquiátrico (lugar temido por los adolescentes porque allí “solo se come verdura, sopa y, claro, medicación antipsicótica”), ahora pasea libre por la ciudad de Barcelona. “Ah, ustedes los españoles no cuidan a sus artistas, no saben apreciar, no saben”. Trata de arrojarse entre las ruedas de los autobuses urbanos, orina en la calle a pleno día sin tener la precaución de escoger el hueco íntimo que crean los contenedores de basura. Maltrata a las anfitrionas de las casas donde es invitado a cenar y donde se espera de él que declame. La simetría de los cubiertos, la densa iluminación de los focos instalados por operarios ucranianos y la absoluta perfección exterior de los comensales enervan al laureado poeta. No puede evitarlo, vomita sobre el menguado vestido de la anfitriona quien duda estar protagonizando un episodio post-performance ejecutado, nada menos, por el poeta más reseñado por Natividad Sio. Astuta, ¿verdad?

En Paris Texas, de Wim Wenders se aprecian algunas claves narrativas. Como no me gusta el cine y aguanto una película entera solo si es en compañía deliciosa, no cualquier compañía, ni siquiera la del amigo íntimo o la del atento bulldog inglés, únicamente veo películas seleccionadas por un ojo crítico. Fíjate, casi todo Peter Handke en mi biblioteca y solo en la mirada extraviada del personaje desorientado en camino a través del desierto hacia la frontera he captado la esencia de esas miles de páginas.

“El mundo es un lugar muy extraño”. Escuchado en Terciopelo azul.