Portugal y España son países que viven espaldas uno de otro. España le presta el Banco Santander o El Corte Inglés y Portugal exporta a Cristiano Ronaldo. De vez en cuando surge una voz subrayando la relativa incoherencia del hecho. Son dos países extraños que podrían estar hermanados por la pasión común balompédica. Nunca vi tanta expectación ante un partido de fútbol intrascendente como en los bares de Portugal. El país atlántico pasa por silencioso, anglófilo, desencantado, orgulloso, resignado, pobre, melancólico. Cualquier visitante puede toparse con la estatua de Pessoa frente al café A Brasileira. Hay quien se fotografía junto al metal, otros observan como si en un típico ejercicio pessoano de espiritismo establecieran contacto con el poeta. Podría ser Cesario Verde o Mario Sa-Carneiro pero es Fernando Pessoa. El café es muy caluroso en verano y sirven la cerveza muy fría en vasos de base ancha y paredes gruesas. Hay ventiladores que giran lentamente, dotando al aire de una cierta densidad. Al final de la calle Garrett hay una sucursal de la FNAC. Está ubicada en un sótano iluminado con neones. A diferencia de otros establecimientos de la cadena en España, en FNAC Lisboa hay gran cantidad de poemarios, la mayoría de ellos en lengua original portuguesa. Me regalaron O amor natural, de Carlos Drummond de Andrade, un extraordinario poemario tachado por algunos de pornografía. Hay españoles que conocen bien a Pessoa. Basilio Losada es uno de ellos. Durante unos días en España se ha prestado mucha atención a Portugal con motivo del fallecimiento de José Saramago, el premio Nobel portugués. Durante tres días ha sido recordado por su fidelidad a las ideas comunistas, su ateísmo militante, su iberismo así como por la calidad y extensión de su obra literaria. Hoy me cuesta entender por qué un escritor que difunde el comunismo es la voz de la razón y un poeta que se toma en serio el espiritismo es un enajenado. Sin embargo todavía es muy difícil encontrar versiones bilingües de la poesía de Ausiàs March o de Carles Riba. Y Porcel se extinguió de manera mucho más silenciosa. Evidentemente, cultivar la prosa como lo hace Xuan Bello solo puede arrinconarte. Los dos primeros libros que leí de Saramago fueron Ensayo sobre la ceguera y El año de la muerte de Ricardo Reis, obras de un genio de la literatura. La balsa de piedra, El evangelio según Jesucristo, La caverna, Todos los nombres y Casi un objeto, siendo buenos libros, no estuvieron a la altura de los dos primeros. A mí España me sigue pareciendo un país extraño, poblado por seres todavía más extraños.