Redacté el prólogo a Parapetos hace ya un año y medio, quizá algo más. Al autor del libro lo había conocido hacía tiempo en Barcelona, ciudad de enlace de su viaje en busca de una cabellera rubia. Marcada osamenta, perilla perfilada, cabello atildado, manos en escorzo y camisa a cuadros, a mí me pareció un Quijano persiguiendo a su Aldonza. Viajaba acompañado de su particular escudero, de menor estatura y pertrechado de una vasta y superficial sabiduría. Ambos regresaron pasados unos días como era de esperar, albergando una colonia de escherichia coli. Eso sí, había terminado El otoño del patriarca. “Hala, hala, me tengo que marchar”, se despidió. Por aquel entonces yo perdía el tiempo evaluando las diferencias entre mallorquines y peninsulares, mallorquines y catalanes, valencianos y mallorquines, en lo que podía haber sido un ensayo general para la España Confederal o un hipotético Estado multinacional catalán. Quiero decir que en aquella época en Barcelona casi todo el mundo estaba muy pendiente de reflejar su identidad, afirmarla (siempre frente a alguien), matizarla, perfumarla, maquillarla. La identidad era como una novia perfecta: aburrida, casta, purísima, fidelísima e inalterable al paso del tiempo. No era de extrañar, nos habíamos educado bajo la influencia de series como El equipo A o El coche fantástico, sendas versiones de un golpe de Estado contínuo (Michael Knight y el equipo de Barracus luchan contra el Estado disputándole el monopolio del ejercicio de la violencia, la esencia de la soberánía). En ese rincón mediterráneo donde me dejé una parte importante de mi vida empezó a gestarse el prólogo, más que a una obra concreta a una vida, la mía, difuminada por la luz del sol de septiembre llenando la Rambla de Catalunya. Apuntaba en mi memoria como el joven que antes de dormir observa la luz que proyecta una linterna mágica contra la pared blanca. Mientras dormitaba entre los apuntes de derecho administrativo (más densos y complejos que cualquier obra de Pynchon), escuchaba el saxofón de Sánchez o veía, como el espectro de Hamlet, pasar a Nadal en batín. En una sociedad pendiente de encajar en el conjunto a la manera federal, confederal, en escorzo, en poliedro, con afecto o con creciente desafección (sic), era muy difícil aparearse. Así que leíamos mucho. Sin orden, a la manera del diletante, bajo arcos góticos en la Biblioteca Nacional de Catalunya cerca del Raval, entre proxenetas y prostitutas, oliendo a orines y excrementos repartidos entre las calles angostas y cerradas a la luz del sol, abanicadas por las sábanas que colgaban de balcones que parecían venirse abajo, en la librería La Central, en la biblioteca de la Universidad de Barcelona, arrullados por los vehículos en tránsito por las avenidas que cortan el ensanche barcelonés. Azúa era el gran profeta que cada miércoles, desde el montículo de su columna en El País, dictaba lo que teníamos que leer. Celestino Pardo el gran sabio emboscado en su torre de marfil desde la que se podía contemplar Barcelona por la noche, iluminada contra el cielo bajo un manto de polución. Anduvimos desorientados un tiempo, “ahora leed a Trakl”, “¿No conocéis a Licofrón? Hombre, eso no puede ser”, “¿Estudiasteis ya Benito Cereno?” y como colofón el oráculo decidió, “Hijos míos, a casa, a pensar y estudiar”.