Por su interés reproduzco el siguiente texto de J.M. Nadal Suau a propósito de la publicación de Parapetos.

Parapetarse

En las afueras de la ciudad, hay un descomunal bloque de hormigón que podría ser el osario de una civilización antigua, o un búnker extraído de alguna distopía de la Guerra Fría. Las formas no son inocentes: ¿era consciente el arquitecto de aquello que connota su diseño? Delirious New World. Tampoco el color está libre de culpa: ese gris autista, sobre el que la lluvia dibuja en invierno arterias y manchas  seminales, parece la negación de la deidad que da nombre al paralelepípedo: Ocio. ¿pero cabe el Ocio en ese enorme espacio concentracionario? ¿De verdad alguien cree que quienes lo pueblan ocultan el júbilo de sus vidas al exterior? Desde luego, la construcción es opaca como un ministerio soviético. Los destellos de color que son su logotipo, los carteles de cine o los rótulos de un expendedor de comida sintética no alcanzan a borrar el carácter funerario del lugar. Una infinita recua de automóviles en perpetuo movimiento rodea el edificio: podríamos pensar en los indios de un western cercando un fortín militar. Estos indios, sin embargo, han claudicado y solo aspiran a ser admitidos en el ejército que se oculta dentro del tótem. Como los afroamericanos en los barrios pobres de Estados Unidos,  los nativos —naturalmente, nosotros— abrazamos la disciplina que nos ofrece la misteriosa, desconocida divinidad que detenta el poder en el bloque, sin preguntarnos demasiado qué recibiremos a cambio.

Nuestra memoria, nuestra imaginación, deben convocar ahora la imagen de tal edificio —aunque quizás sea otra cosa—. Tratemos de reconstruir la impresión de conjunto, unitaria, monolítica, plenamente institucional: el ocio es un asunto de estado. Los laterales son  dos muros de hormigón impenetrable; al norte, restallan láminas de aluminio gris, refulgente; al sur, la fachada está cubierta por mallas metálicas, tensas, redes atuneras que ocultan ventanas ahumadas. Pero iluminemos,  también, los detalles. Circunvalemos cada minucia. Los muelles en parte oxidados que tensan las mallas tienen algo que decirnos. Los pasamanos de hierro, las escaleras mecánicas que nos transportan arriba y abajo sobre las cadenas de un carro blindado… Cada esfuerzo de la razón delata un espíritu. Otra cosa es cuál sea. Se nos ocurren varias metáforas para este gran centro comercial. Ya he ofrecido alguna, pero ahí va otra: es un enorme planeta, un Saturno que ha impactado contra la isla, hundiendo su hemisferio inferior en la tierra, las terrazas y aparcamientos adyacentes como anillos orbitando a su alrededor. Todavía otra: es  una criatura dotada de vida propia, aunque artificial, un organismo cuyo corazón late con toda la intensidad de la percusión musical electrónica. Chumba-chumba, incansable chumba-chumba.

Los apaches, ya lo he dicho, nos sometemos. El protocolo es conocido: acceder al monstruo, aparcar el coche, deslizarse por la cadena de montaje. No es tan difícil ser un soldado de este ejército venturoso, sobre todo si no hay alternativa tangible. Puede acometerse con verdadero entusiasmo la agotadora tanda de ejercicios correspondiente: deglutir kebabs a mayor infortunio de las arterias, hacer prácticas de tiro en hórridas salas de entrenamiento pobladas por hologramas, participar con obediencia de una extraña cola formada en un sótano que ni siquiera tiene la dignidad simbólica de ser húmedo o viscoso; desplazarse obedientemente mediante unas escaleras mecánicas hasta llegar al lugar donde se expenderán víveres infectos que nos permitan sobrevivir a las arengas —de unas dos horas— que la deidad nos entrega a través de una serie de peculiares intermediarios con razón social en Los Ángeles. Este ejército, mucho más simpático que los convencionales, exige algunos comportamientos preceptivos: meter ruido, por ejemplo. Arrasar el vello corporal. O ser iletrado. Así, mansamente, el indio deviene otra cosa. Un robot, una herramienta, el cálculo de un ataque de risa. Un ciborg.

Cualquiera de nosotros puede introducirse en el edificio, confundirse con aquellos que lo atraviesan. Una corriente computable dota sus entrañas de una apariencia bulliciosa: son doscientos cincuenta cada lunes a las tres, hasta dos mil quinientos cada viernes a las diez. Es probable que los técnicos previeran esas oscilaciones, podrían concebirlas desde un despacho en Copenhague. Si mis palabras están cumpliendo su cometido, cada uno de esos dos mil quinientos individuos ya desfilan ante ti; míralos, identifícate, reconoce los rasgos del individuo moderno, que no es tal, porque ya solo es una pieza en un engranaje. Ese engranaje da muestras de cansancio, claro, porque a fin de cuentas cada nueva tecnología está llamada a fallar poco a poco, luego en cascada, finalmente a sucumbir. Una época es un invento, nuestra época es una tecnología. Aplica la metonimia: si la pantalla nos define, recuerda que cada pantalla se extingue. 

El tiempo. Hay un tiempo cósmico, otro histórico, existe el tiempo personal. Es irreversible, el tiempo, al menos en nuestra experiencia. A veces, dentro del monstruo suceden milagros. Ahora trataré de explicar uno. Para ello, recuperemos a esos ciborgs que lo recorren —recuerda: nosotros—: muchos han permitido que la tecnología colonice su cuerpo: botox, silicona, sometimiento intensivo a ese laboratorio llamado gimnasio. También puede describirse el uniforme, menos variado de lo que a simple vista parece: algodón, tirantes, plástico, todo basura. Allí veo un músculo, allá un aro de grasa; en todo caso, podría resumir cómo ocurre, en qué invierte el tiempo cada una de las máquinas. Pero de pronto, surge un animal: los senos abundantes, las caderas rotundas, algo en la mirada invita al desastre. Emana una desesperación tensa, no del todo evidente, y no puede ser simplemente bella: algo tiene que delatar la rebelión pagana: tal vez rozaduras en los talones, estrías casi imperceptibles en el nacimiento del pecho —advertencia de una caída, nervadura frutal—, tal vez simplemente el color del cabello, que es el que era y no ha padecido mudanza. Puedes sentir lástima, o puedes sentir orgullo: he aquí, al fin, las trazas de un ser que está vivo. ¿Qué esconde su rutina? Casi lo mismo que la de todos, pero sin la armonía que otorga la inconsciencia. La imagino subiendo unas escaleras, sonriendo como es preceptivo, rellenando un informe o ejecutando unas abdominales sobre unos de esos artilugios absurdos, Crunch Trainer o algo parecido. Los ciborgs no tienen ese velo de exigencia en la mirada, en ellos la insatisfacción lo invade todo hasta devenir cálida, innegociable: una gran compañera. Pero no para ella. ¿El milagro? Ha reconocido a otro animal, masculino, y algo se le ha erizado, ha erguido la espalda, ha andado unos metros convirtiendo su paso en un baile. Por un momento, parece que haya caído todo el sistema operativo del bloque. Allí donde hay riesgo, allí reconozco la vida. En ese cruce de miradas, insisto, hay vida.

Y hay esperanza para nosotros. La maquinización es un punto de llegada; la animalidad, por lo menos, siempre ha sido un punto de partida.  

Porque si has llegado hasta aquí, puedo decir: somos lectores. Tú y yo. Ambos sabemos que entre el estado primitivo y la reducción a nuestra actual condición estadística puede encontrarse un punto intermedio, llamado “civilización”. Y aunque, sin duda, no nos pondremos de acuerdo al discutir en qué consiste tal cosa, sé que la sabes perdida, o aún no conquistada. También reconocerás que mil libros en la biblioteca apenas nos han conducido más lejos que esa gimnasta ebria de deseo. De hecho, ella es la primera condición para empezar el viaje. No estamos en un tiempo fácil, ni podemos esperar que la horda de enemigos del espíritu se retire amablemente, cediendo sus armas en la línea del combate. Sin embargo, necesitamos volver a ese punto medio que nos garantiza un espacio habitable al convertir la mesura en norma. Necesitamos diseñar un hogar para nuestro animal. Así que una y otra vez, abrimos un libro y nos ponemos en movimiento: como una pirueta imposible, como un salto al vacío, abrimos un libro y lo subrayamos, lo prendemos y dejamos que nos prenda, sabiendo que somos combustible el uno del otro. También, una vez y otra, escribo un artículo, abordo una reseña: no puedo esperar nada, y menos que nada cualquier efecto sobre el bloque granítico que me mira desde las afueras de mi ciudad. Pero abordo mi reseña. ¿Por qué esa Repetición? ¿Por qué cada semana repito mi movimiento? Porque tengo fe en el regreso del punto intermedio: la civilización. Como mis maestros. Es imposible, y sin embargo insistimos. Ejecutamos el movimiento.

Al borde de una autovía, hay una prisión disfrazada de templo del Ocio. En la lectura, nosotros seremos —cada uno será— una fortificación defensiva. Mármol frente al hormigón, palabra frente al ruido. Edifica un castillo y habítalo. Abraza la maleza, embóscate ya. Cúbrete tras un parapeto.

J. M. Nadal Suau

Palma, 8 de junio de 2010