En efecto, en la última sesión olvidé citar un autor fundamental de quien ya os había hablado. Se trata de William Gaddis. En español se tradujo Ágape se paga, título muy recomendable. Reproduzco la reseña que colgué el 9 de octubre pasado.

Ágape se paga, William Gaddis. Editorial Sexto Piso, 2008, 118 páginas.

Jack Gibbs, voz narrativa de Ágape se paga, está postrado en una cama “aquí me tienen retenido para abrirme en canal y rebañarme los dentros y coserme o graparme o lo que sea, maldita sea, mira qué pierna tengo, que ni es pierna ni es nada, recosida y grapada como esa antigua armadura japonesa que hay en el comedor”, no sabe cuánto tiempo le queda, tiempo de vida o de claridad mental para terminar “esa dichosa obra”, una obra breve, de apenas cien páginas donde se condensa una teoría entrópica de la narrativa, una teoría de la música (con Wagner como generador del Apocalipsis), una historia de la pianola, alguna sobredosis de prednisona, guiños al mejor Bernhard, por supuesto a Glenn Gould y a El arco iris de gravedad porque “de eso trata mi obra, del derrumbe de todo absolutamente, del sentido, del lenguaje, de los valores, del arte, del desorden o de la dislocación que se ve por todas partes,…, de la entropía que todo lo anega todo a la vista lo cubre, diversión y tecnología y cada crío de cuatro años con su ordenador”. William Gaddis somete al lector a reglas claras: una prosa que fluye directamente de la conciencia de Gibbs, desordenada, paranoica (teme que le roben las ideas, que otros escriban los libros que él ha pensado), caprichosa, laberíntica, “¿o es que no te das cuenta? Ni siquiera acierto a ver por dónde empezar”. Gibbs, como Pynchon, huye de la fama, no quiere convertirse en un “mono de feria” porque la Norteamérica democrática y mercantilizada es el territorio donde “jugar a las chapas vale tanto como la poesía si la cantidad de placer que proporciona es la misma”. La cultura sometida a la regla de la cantidad, ancilar de una suerte de donjuanismo donde la calidad es sinónimo de aristocrático y, sobre todo, suena alejado de la norma del todo o nada impuesta por el sistema binario, es decir, por la pianola, artefacto que marcó el principio del fin, “fue una epidemia, fue la plaga que se extendió por Estados Unidos hace cien años, con el rollo de papel troquelado en el meollo de toda la cuestión, el frenesí de la invención y la mecanización y la democracia y cómo disfrutar del arte sin artista y además automoción, cibernética, ya se ve, más claro no puede estar de dónde ¡joder!”. El discurso fragmentado, hecho pedazos, desgajado por la propia voz narrativa que se contradice o enmienda a la pianola enfrentándola con el pato de Vaucanson “es de ahí de donde viene todo, juguetes, el entretenimiento, de ahí proviene la tecnología, todo se remonta y se remonta al pato de Vaucanson”. Las citas cultas, Walter Benjamin, Johan Huizinga, Wagner, El arco iris de gravedad, aparecen ligadas a la crítica a la masa que devora sin digerir el acervo cultural de una civilización que cuelga encima del fregadero de casa un calendario con una reproducción de la Mona Lisa.

Jack Gibbs está acompañado de cajas y cajas de apuntes y notas que saltan a las páginas de Ágape se paga de manera caprichosa. Parece estar un poco hasta el gorro de todo, la constante de su vida ha sido luchar contra la disolución del yo, empeñado en terminar una obra inconcusa tiene la virtud de desconcertar al lector, le lleva de un lado a otro, inquieto, insatisfecho, pertinaz, consume prednisona y oxicodona, el discurso fluye, aparecen fantasmas colectivos, la esclavitud, el precio de las cosas como único y definitivo criterio, el fantasma personal, convertirse en el yo que puede hacer más, ya están convocados Don Juan y Sísifo, Fausto en su forma wagneriana también aparece en forma de música, el Wagner “condenado por no ser más que la droga que necesita una generación decadente”. Porque William Gaddis escribe sobre cosas serias, de “esa Juventud con su intrépida exuberancia cuando todo lo que se dice todo era posible perseguida por Vejez donde estás ahora, mirando atrás a lo que destruimos, a lo que arrancamos del yo que podía hacer más, y su obra que se ha tornado mi enemigo porque de eso es de lo que puedo hablarte, de esa Juventud capaz de todo”, es decir, nos habla de nada.