T+ afirma que Saber perder es una novela protagonizada por perdedores. Tiene mucha razón. Al redactar la memoria tuve que reflexionar sobre el papel del lector en esa inmensa cadena de montaje en que la Industria ha convertido la literatura. En realidad el lector no es más que un consumidor, sencillamente aquel que paga un precio a cambio de un libro. Cualquier cosa es un libro y así pueden convivir las obras completas de Shakespeare con los más entretenidos y divertidos súper ventas. A mí me divierte mucho pasar unas horas en ese sótano donde se almacenan libros para su venta. Ponen a Fogwill en literatura traducida al español, a Casas Ros en literatura española e hispanoamericana, a Catherine Millet en literatura romántica (no acompaña a Shelley ni a Byron ni a ningún otro que tuvo la fortuna de escribir durante ese período de la historia que convenimos en llamar romanticismo, sino que se codea con Rosamund Pilcher). Es una siniestra metáfora. Los libros recluidos en un sótano como el de la policía secreta rumana, la Gestapo o la Stasi. Los vendedores tan torpes, ineficientes y contumaces como los grises funcionarios de la maquinaria del Mal. Sin embargo, entre los anaqueles polvorientos merodean curiosos personajes. Siempre aguardo el momento en que uno de ellos se dirija a la leja correspondiente a la letra P y se lleve unos cuantos Pynchon. Sánchez, gran matemático, calculó que solo sucedería una vez cada veinte años. Fue en Londres, llevaba tacones, falda gris, cabello negro y ensortijado y apresó tres títulos de Pynchon, tres nada menos, y salió corriendo. Probablemente para devorarlos inmediatamente. NS tiene su anécdota. Pero esta es apócrifa. Un vehículo estacionado en un gran centro comercial con V en la bandeja del maletero. Esto es imposible. Aunque en la cloaca totalitaria podemos encontrar Esquilo, el gran perdedor, de Ismail Kadaré. Un extraordinario ensayó del intelectual albanés que vincula el origen de la tragedia griega a los ritos nupciales y funerarios albaneneses (impresionante imagen de las plañideras profesionales que acudían, como coro, a llorar y gemir ante la muerte ajena, sin verdadero sentimiento, como hipócritas, como actrices) y a una concreta concepción del derecho (la venganza de sangre tal y como aparece recogida en la compilación del derecho consuetudinario albanés por obra de un monje). Este libro lo recomendó M. Ángeles hace un par de semanas. Los personajes de David Trueba parecen de carne y hueso. No es un escritor intelectual. Ni falta. Fabrica historias y personajes que parecen cobrar vida a medida que los conocemos. Abro al azar La montaña mágica y topo con una conferencia de un médico en el sanatorio de Davos. ¿Cuál es el origen de la enfermedad? La ausencia de amor, de todo tipo de amor, sensual, piadoso, enfebrecido. Recuerdo un profesor de universidad inteligente (por lo tanto arrinconado por la institución) que ante los inexpresivos rostros de muchos estudiantes (ojos abiertos como platos, lo más parecido a la flatulenta, pesada y moteada vaca bávara ante el paso del tren) espetaba, “Haced cualquier cosa, marchaos al bar, a tomar el sol, emborrachaos, cualquier cosa menos poner esa cara de muertos”. Me acerco al mostrador donde una dependienta sonriente y uniformada arquea la ceja derecha ante el nombre que pronuncio, “Ribeyro, Julio Ramón Ribeyro”, al lado una persona alza la voz, se expresa con desmesura, “lo último de…, lo último de…”. Sensación de vahído como si los libros comenzaran a flotar a mi alrededor, algo parecido a una convicción aflora en mi mente, el discurso desorganizado se aproxima con fidelidad a la realidad. Ribeyro no aparece en el ordenador, hay más de cincuenta de “lo último de”. Quizá me acabo de convertir en un personaje de Ribeyro. Claro.