No perderé más de diez segundos explicando que no he censurado absolutamente a nadie en este blog. A mí me parece correcto que cualquiera se esconda tras un pseudónimo o nick name o alias cibernético, por ejemplo El Lletraferit. A la vista del desconcierto prometo publicar una foto mía de cuerpo entero, el coordinador del blog sentado en una calle del Centro del Mundo. Comprobé, de nuevo, que a los neoyorquinos les interesa mucho Shakesperare, la teoría literaria, las zapatillas converse, los burritos mexicanos, las propinas. Colgaré alguna crónica esencialmente ficticia de mi transitar por la cuadrícula. Pensé mucho en vosotros. En la noticia donde se hablaba de la identidad de Shakespeare. Me hice con el ejemplar citado en el enlace que os adjunté y lo devoré mientras amanecía sobre el East River acompañado de una sutil presencia femenina. En el auropuerto no me sentí agredido. Estuve tanto tiempo esperando en JFK como en Barajas. El trato de los funcionarios fue correctísimo. Algo leí de Virginia Woolf. Volvió a gustarme. Como releer Hamlet durante las primeras ocho horas de avión. En el Centro del Mundo las imágenes son fugaces.  Pensaba en algunos de los comentarios que se hacen en el Taller. Muchos de ellos relacionados con la vida de los escritores. ¿Cómo el anodino William Shakespeare pudo crear Hamlet o Macbeth? La genialidad. Dediqué mucho tiempo a estudiar la programación televisiva. Se ofrecían contenidos musicales, comedias, series, pornografía (filias variadas, mucho cowboy, profesor de universidad y ama de casa). Es extraño volver al segundo mundo, a la periferia, aunque al fin y al cabo siempre he estado ahí. Una mitología del mundo postmoderno, edificios planos con ruedas de automóviles incrustadas en la fachada, amplísimas cristaleras que reflejan la luz solar expulsándola hacia la calle. Cierras los ojos, escuchas su respiración pausada y profunda, el rumor del tráfico unos cuantos metros más abajo de la habitación, abres Point Omega de DeLillo y encuentras un personaje extraño, retirado de todo eso en el desierto de Sonora, un personaje inteligente, abatido por sí mismo, impregnado de un extraño remordimiento inspirado por la incapacidad de comprender su papel en esa mesa redonda a la que es convocado por altos cargos planos e inexpresivos para que les proporcione una teoría que permita invadir Iraq. La guerra, en esa mesa, son palabras, un discurso. Es una reflexión sobre el tiempo y el espacio. Se levanta el sol, una espalda perlada de sudor. Todo va bien, sobre todo ahí abajo. Ese personaje, como muchos de DeLillo, se va fabricando en tu interior. Una mano, la suya, te lleva a Egon Schiele quien te fascina. Un recuerdo anclado en el Leopold Museum, en Viena, y un persistente interés en la Europa de principios del siglo XX se unen. Viajar es lo más parecido a leer, la lectura está estrechamente unida al paseo y este a la conversación. Comentas los grabados del pintor austriaco atrayendo la atención de tu vecina de barra quien se interesa por tus gustos estéticos. Un intenso y agradable sentimiento provinciano. En la periferia esto no sucede, no imaginas una mujer atractiva con uniforme de Wall Street invitándote a visitar una exquisita galería de arte dedicada al expresionismo alemán y austriaco. No piensas en Point Omega ni en el desierto de Sonora porque estás perdido entre la clavícula y el cuello, solo sobre su perfume puedes conciliar el sueño. En la Neue Gallery exponen a Otto Dix por primera vez en norteamérica. No compruebas el dato, qué más da. Es la primera vez que lo ves, ella no recuerda, tal vez en Viena. El personaje de DeLillo te ha estado hablando, esa misma mañana, de la guerra. Te habla de tu presente, paralizado por dos conceptos inaprensibles, ni siquiera en Sonora, el espacio y el tiempo, la ausencia de imagen, lo incómodo de la representación, como la obra de teatro dentro de la obra de teatro en Hamlet. Los grabados de Otto Dix sobre la primera guerra mundial. La necesidad de una teoría para la guerra, la elaboración de un discurso lo suficientemente confuso, incoherente y verosímil para generar imágenes que piden ser borradas, destinadas al cementerio del museo donde paseamos contemplando una época pasada, petrificada en la obra expuesta como arte. En la alemania nazi la obra de Dix fue calificada y expuesta como arte degenerado. Hoy la contemplamos con pudor, prudencia, nos recuerda a Goya y también a DeLillo. Esas figuras que empiezan a deformarse como las imágenes proyectadas sobre agua, rostros que emergen desde el agua estancada. Contornos propios de un relato de Kafka, del Berlín de Klaus Mann, colores que brotan de los versos de Trakl, testimonio de la aceleración del tiempo histórico. El teórico de la guerra, sentado a la mesa redonda, rodeado de funcionarios. Una peculiar forma de horror. Hace no demasiado el Centro del Mundo era Europa. Dix o Schlegel eran incomprensibles para sus contemporáneos como hoy lo es para mí el teórico de la guerra. El incomprensible espacio, el insondable tiempo. Observar y escuchar a los altos funcionarios y marcharte al desierto de Sonora. Estás agotado, ella también. Necesidad de caminar. Conversas, vuelves a reír. Al final, un cuello, la piel, la suya, el único consuelo.