Llueve sin parar como si desde el cielo se dispersaran infinitas gotas, desde un cielo blanco y sin fisuras como un rompecabezas imposible. Llueve desde la madrugada en que leí En la ciudad sumergida como un guiño, una broma pesada que consiste en mostrarnos lo que no nos fue arrebatado porque nunca fue nuestro. Es una lluvia mansa y constante. Ayer tarde del cielo negro se formaron charcos de plata cuando me refugiaba en un cuello perfumado, en el hueco de la clavícula. Estambul y Dostoievski eran Occidente en Oriente, Ausiàs March el mar sensual y Tirant lo Blanch Oriente en Occidente, ya llovía y las gotas se encadenaban como palabras en un juego infantil y sin fin. Como en un cuento de las Mil y Una Noches la princesa oriental se duerme. Es una lluvia silenciosa y envolvente. Llueve cerca de la nuca como las palabras dichas entre desconocidos, el verbo de las primeras ocasiones cuando la luz de la luna, ayer ausente, desplegaba ante nosotros un mapa en blanco como el cielo, las páginas por escribir, la vida restante. El cuerpo y la tierra como palimpsesto donde la lluvia se desvanece.