Suau por la mañana justo antes de amanecer da con esta frase de Proust, “Esa angustia que inspira sentir a la persona amada en un lugar de placer en el que no estamos”. Así pasan los días. Anota en el cuaderno rojo y desgastado que la luz de la luna se proyecta sobre un cuerpo y lo afina, lo despliega como un mapa. Lee en la última novela de Casas Ros que uno de sus personajes padece el síndrome Enigma. No le gustan los finales de los libros, demasiadas muertes, desapariciones y suicidios. La lectura se ha convertido en un proceso doloroso para Joaquim, el profesor de literatura de cuarenta años enamorado de su joven alumna Zoe. Recostado en el colchón del piso superior de la casa alquilada cierra los ojos e intenta ordenar las últimas lecturas. En efecto, el síndrome Enigma es demasiada poca cosa para elaborar una novela de entidad. ¿A quién le preocupa el final de un libro? Lleva meses insisitiendo en la importancia del estilo, la estructura, el lenguaje, ¿el final?, para lectores de folletín. En Hatillo el calor es húmedo y se posa sobre la piel como un limo cálido y untuoso. A primera hora de la mañana todavía se puede leer sin sufrir alucinaciones y delirios. 

Prepara café y tostadas. En el frigorífico quedan restos de tofu y maíz. El sol amanece como una gran semiluna anaranjada.