Suau en la parroquia Nuestra Señora del Carmen en Hatillo no se sentía ya como un “antropólogo entre antropófagos” sino que recordaba los acordes serenos del piano que Mulet hacía sonar en la penumbra de la Catedral de Palma de Mallorca, bien lejos. Después de observar y documentarse se lanzaba a la carretera con su bicicleta. Atravesaba Quebradillas, Aguadilla y Mayagüez antes de llegar a Cabo Rojo o Lajas, los miércoles se detenía antes, los viernes incluso se atrevía hasta Guánica o Ponce con algo de alarde y gastando amor propio. Regresaba atravesando la isla “por la parte central también húmeda pero menos ventosa que la costa”, unas veces por Quebrada otras por Hacienda Santa Elena. “En ocasiones vuelvo caminando e imagino que recorro el camino junto con un campesino de Pina y un obrero de Campos quienes me recuerdan, mira allí esa vegetación carnosa, siente el aire húmedo y como se transforma en fresco al acelerar el paso, escucha el canto de ese pájaro tan diferente a ese otro y a ese otro como si hablaran lenguas diferentes”. Suau quería ver a través de los ojos no contaminados del obrero y el campesino. Comportarse como un guía silencioso cuyos pasos abren camino a los que todavía no han nombrado lo que se presenta ante su vista y no dejan de decir “mira esa cosa de ahí y esa otra y esa otra cosa”. Porque en el pueblo sin nombre solo podemos referirnos a los acontecimientos de nuestros amigos de silueta borrosa. No recurrimos a la mentira pero cuando nos atenemos fielmente a los hechos dejamos de despertar esa atención que producen los más inverosímiles. Se despierta un interés muy distinto. Así el gesto del campesino ordenando silencio a Suau en el momento en que este se disponía a contar sobre su compañero el obrero. Suau emprendió el viaje para seguir las huellas de Sánchez, veladas hábilmente por este en el único libro publicado hasta el momento bajo pseudónimo y leído varias veces con diferente atención por Suau. Lo leyó por consejo de algún amigo o de su compañera y allí Sánchez le decía como si de un juego se tratara o como en un juego que fuera como Pitágoras, que memorizara todo lo que pasaba por sus ojos. Le adjuntaba Sánchez en una de sus cartas la referencia de la librería donde podía recoger la Vida de Pitágoras así como las páginas que debía leer sin falta donde se decía que el Maestro Pitágoras no dejaba levantarse de la cama a sus discípulos hasta que hubieran memorizado todo lo sucedido el día anterior. Suau que era como un lector entre mil, uno de esos que nace cada muchos años y que conoce a los clásicos y a la mayoría de los modernos desde Llop hasta Uribe pasando por Cabrera, Comes, Galeote, Marías y algún Goytisolo, dejó de leer en los libros. Como un alemán, se dispuso a preparar su viaje de un año. El dinero lo obtuvo de una herencia y de una gran cantidad ahorrada a lo largo de los años de lectura y estudio durante los cuales se limitó a “viajar con la vista puesta en los libros, acompañado de los grandes”.