Esta forma de silencio me corresponde. En un pueblo alejado de la gran ciudad no puedo trabajar. Esto ya ha dejado de ser tabú para mí y paso el día huyendo de estar sentado a la mesa escribiendo, alejándome constantemente del escritorio. Dejo crecer el césped hasta que sus mechones se hacen insoportables a la vista del vecino quien en su mudez, porque jamás nos hemos dirigido la palabra, ambos desviando la mirada, inclinando el cuello hacia lados contrarios, me indica con gesto claro lo intolerable de mi jardín, por otra parte siempre descuidado. Inclinado sobre mí mismo, la vista fijada en las páginas de varios libros siempre diferentes que desfilan ante mí, en un estado de ociosidad intolerable para mi vecino mudo, así pasan los días. Sin embargo, en esas grandes ciudades o metrópolis ya sentía la nada. “Ya te amordaza la nada”, decía ella al tiempo que iba perdiendo la fe en mí o justo un momento antes de perderla súbita y definitivamente. Podíamos deambular por París o Roma, incluso Viena, presintiendo una transformación necesaria, pero no alrededor del bosque de Clamart o Meudon donde Marina Tsvetaieva apuntó en su correspondencia que aquello no era bosque recordando las coníferas del este. En ese pueblo alejado de la gran ciudad y que me es tan familiar podré encontrar armonía, armonía a secas, “en estado puro”, lejos ya de la experiencia violenta de las grandes avenidas surcadas por automóviles, pensé. “Pero ya has conseguido que ese suceder de las cosas, incluso cuando se manifiesta de forma violenta  y te sientes atacado y esencialmente vulnerable, se torne silencioso. Ya has captado la imagen”, dijo. Aquí, en el pueblo alejado, no tengo impresión de conjunto. Por este motivo mis amigos me recogieron, vinieron con su automóvil y circulamos un tiempo largo hasta la entrada de un túnel. “Sí, sí, ya hemos llegado”, dijo Mulet. “En cambio, yo no recuerdo este lugar”, dijo Cabrera como si Mulet no hubiera hablado justo antes que él en relación a ese túnel que no aparecía en su memoria. Pero no hacía mucho, en ese mismo vehículo llevaron a Suau hasta ese túnel inmediatamente antes de su marcha a Yukon, Alaska, después a Puerto Rico, donde está ahora sentado en un espigón observando la espuma de las olas. En Yukon, me escribió, el mar es similar al Mar del Japón, donde siempre quisiste ir. Al contemplarlo en movimiento siento lo inabarcable, lo inasible, si me permites esta expresión sensiblera. En Alaska estuvo varios meses durante los cuales no empleó en absoluto el catalán, su lengua materna. “Sólo como monólogo interior, como preparación para el trato con otros que se expresan en lenguas conocidas por mí, inglés, francés, incluso español, pero que no son la mía”. En una ocasión me pareció ver su figura en un caminante solitario que se acercaba desde la lejanía hacia mi casa. La aparición de esa persona-molde fue sorpresiva. Como imagen se presentó sin previo aviso. Pero no fue fugaz, sí instantánea. Permaneció un tiempo determinado por la narración de la historia del caminante. Venía, dijo mi narrador, de visita al pueblo alejado después de muchos años al cabo de los cuales había fijado su residencia, “de modo provisional”, en El Paso. En su casa amplia había instalado un catalejo desde el que oteaba la frontera y “esa acumulación de seres humanos esperando a que la barrera se levantara o quedara fijada abriendo la posibilidad del desierto”. “Ahora tú me has visto aparecer desde lejos, he vuelto a mi pueblo con la esperanza de ser visto como otro, como un extraño”. Suau, a la salida del túnel, al lado de Cabrera y muy pendiente de la conducción de Mulet que asía el volante con naturalidad inquietante, emprendió la búsqueda de su doble, de ese que aparece reflejado en el espejo y que piensa como él incluso antes que él. “En Yukon entablé relaciones amistosas de carácter superficial, excepto con el médico en quien creí, equivocadamente, ver mi doble”. Ahora, desde el espigón en Puerto Rico, ya muy alejado de Yukon pero todavía más lejos de su pueblo y del empleo de su lengua, recuerda a los portugueses que en París no practicaban en absoluto su lengua y cuando lo hacían, normalmente hacia el final de la jornada, extenuados, confundiendo su yoes o en la precaria intimidad de sus hogares arrendados, procuraban imprimir un marcado acento francés que en su pueblo de origen, apenas cincuenta casas blancas en el Alentejo, los identificaría como “los emigrantes”. El médico prescribía con violencia. Deformaba las palabras y apenas pronunciaba el nombre amenazante de decenas de medicamentos generalmente prescritos a niños ante la desolada expresión de sus padres. “Para mí era evidente que esos garabatos estaban destinados exclusivamente al farmacéutico con quien se repartía las ganancias de una prescripción desproporcionada e injustificada. Me gustaba comparecer en la farmacia a última hora justo cuando el farmacéutico estaba contando las ganancias del día y muy probablemente separando la parte de su cómplice y mi doble, el médico”. Y fue en París, ante un steak tartar o filete tártaro, donde ella perdió definitivamente la fe en mí. Fue una pérdida súbita, instantánea, como la figura o persona-molde. Si ella no tenía fe en mí yo tampoco podía manternerla en ella y así fue como ambos nos apoderamos de esa situación de superioridad con respecto al otro.