La verdad es que todavía no me he planteado mi situación en relación con el resto de personas y cosas que me rodean. Es cuestión de poca importancia para mí en lo que se refiere a la lectura. Durante unos años, dos o tres, apuntaba los libros leídos. Fue un período fértil en ese aspecto. Era un medio para recordar. Ahora ya no lo hago. A veces Nadal me llamaba y yo le ponía al corriente de mis lecturas pero no sólo de eso. ¿Verdaderamente importan nuestras cuitas pasadas? No existía competición ni comparación. Nada de eso. Curiosidad sí. Para resituar la cuestión he de referirme a dos episodios de mi vida pasada. El primero lo conocéis. En casa de mis padres había un único televisor que funcionaba bajo llave. Así pasas las tardes estudiando, inventando juegos, contemplando el atardecer, consultando atlas geográficos (esto a mí me gustaba mucho, incluso mi padre me compró una colección de mapas mudos para colorear, trazar fronteras, ubicar capitales, redactar leyendas, era magnífico). El segundo se refiere a la práctica deportiva. Jugaba bien al fútbol. En realidad lo hacía con ahínco. Observaba escrupulosamente las normas reglamentarias y las derivadas del juego entre caballeros. Pero me entregaba al juego con pasión. Pude jugar en el Hércules y en ese momento “Ah, no, no, tú tienes que estudiar”. En España la práctica deportiva es importante. Puedes quedarte muchos recreos encerrado en el aula leyendo y protagonizar episodios extravagantes sin miedo a convertirte en el chivo expiatorio de esa masa bondadosa y amable siempre y cuando juegues bien al fútbol o seas fuerte. Dejé de jugar al fútbol seriamente y me puse a estudiar. Empieza a sobrar el tiempo. Lees a Proust cuando no debes y haces cosas así. Más que estar por encima te sitúas un poco al margen. De hecho no estás ni te sientes por encima de nadie. ¿Te guía una fuerza moral o un impulso humanitario? A mí ya me gustaban las chicas y descubrí que comentando la Obra revolucionaria de Ernesto Che Guevara se ligaba tanto como portando una camiseta ajustada con serigrafía del mismo personaje (quizá de haber seguido practicando balompié habría intentado una estrategia a lo Supersalidos o Viaje de pirados, sin duda alguna muy estimulante). Fin espurio. Sí, en definitiva, me interesaba mucho la parte femenina del Universo y no tanto cultivar las bellas artes. Pero ya empezaba a parecerme mucho más interesante el aprendizaje en los libros. En general menos doloroso y más seguro aunque algo menos gratificante. Anoche me invadían pensamientos algo morbosos. Imaginaba la muerte de la literatura. Empecé considerando si tal rama del saber o más propiamente de la industria poseía prestigio. Aparecían brokers malignos decidiendo el diseño definitivo de los catálogos editoriales, libreros desalmados protagonizando estropicios, ecologistas radicales formando lobby a favor de la desaparición de los libros de papel y a favor del libro electrónico, lectores despechados descargando bibliotecas enteras en minúsculos lápices de memoria (apunte freudiano). En definitiva concluí que se había ampliado el campo de batalla al terreno literario. ¡La literatura importa! Supongo que ahora es todo más complicado. Quizá hoy mi padre estuviera procesado por maltrato infantil, mobbing familiar o siendo investigado por un equipo de psicopedagogos y psicólogos de los servicios sociales de Consellería. Habría reunido muchos requisitos para ser considerado un criminal: blanco, hombre, empresario, fumador, hijos en colegio religioso, bajito, gordo, disciplina en casa, horas de estudio pautadas. Un peligro público. “Pero si voto al PSOE, compro El País y estoy suscrito a Canal+, incluso colecciono la revista de Franco María Ricci”. Me temo que habría sido inútil. Durante una época pensé en una estafa a gran escala. Una manera rápida de acumular dinero para después dedicarme a lo mío. Incluso llegué a granjearme la amistad de personas influyentes en las finanzas y la justicia. En caso de ser juzgado encargaría un dictamen pericial a un equipo de psicólogos y psiquiatras que me declararían traumatizado desde la infancia por haber sido privado de la televisión. Poco socializado, marginal, elitista, ya desde pequeño determinado a introducirme en el mundo del hampa. Después leí un cuento de Chejov. Un alegato contra la cadena perpetua. Como consecuencia de una apuesta un tipo pasa muchos años de su vida encerrado en una celda leyendo. Cuando es liberado ha enloquecido completamente. Leedlo si tenéis algo de tiempo. A mí me libró del crimen y presumiblemente de la experiencia presidiaria.