Pamuk, en concreto El libro negro, es muy proustiano. “Hombre, basta ya”, me dice hoy durante la cena con el partido Deportivo de A Coruña – Real Madrid de fondo. La verdad es que no me levanto cada mañana pensando si la temperatura del globo ha aumentado medio grado o permanece constante. Tampoco me importaría que en el Mundial de Sudáfrica se enfrentaran Euskadi y Catalunya o Castilla y Escocia. Uno se tumba en un diván y expresa pensamientos, “son pensamientos profundos”, te dicen. Consulto mucho con la almohada. Duermo abrazadísimo a ella y nos llevamos bastante bien. Nuestro idilio comenzó la noche en que me arrebataron el osito marrón con un solo ojo de botón negro. Hasta hoy. Estas cosas casi no me importan ni a mí mismo.

¿Cómo llamarías al frío interior que sientes al sentarte a la mesa con un grupo de amigos con respecto a quienes te sientes muy distanciado?

Suelo bromear con la frase “yo todo esto lo aprendí en los libros”. Supongo que pertenezco a una generación para la que la letra impresa era sinónimo de autoridad. Mi padre leía El País y defendía su línea editorial a capa y espada porque “a muchos nos educó democráticamente”. La lectura te muestra experiencias ajenas. No podemos hacerlo todo. No me siento capaz. Me encantaría jugar a poli del imaginario colectivo y construir un universo Mary Poppins.

Leo un interesante debate entre Houellebecq y Henri-Levy a propósito de Rusia. Sostiene Michel que haciendo de dj en una discoteca moscovita junto a Beigbeder y rodeado de “rubias despampanantes” constató que los rusos sentían alegría por vivir, una alegría muy alejada del depresionismo que invadió a los jóvenes franceses hace tiempo. Henri-Levy objeta que Rusia es una síntesis de estalinismo nacionalsocialista, una Administración corrupta, ausencia de libertad de prensa. Houellebecq responde que en Rusia hay algo así como una clase media, las librerías están llenas de jóvenes, los cafés abarrotados y las discotecas… también.

Empieza a formarse en mi mente la idea de estancamiento. La posibilidad de crecimiento cero durante décadas. Traducido a mi vida diaria significa comprar por internet quince libros el día 27 de diciembre y que el 30 de enero todavía no hayan llegado a casa. Ni un correo electrónico de disculpa ni una explicación. Silencio absoluto. Eso sí, ¿quién se atreve a decir ahora que todo lo que se dijo durante los noventa sobre la nueva economía es una gran mentira? Soy muy optimista con respecto al futuro de las iglesias. Administrar lo intangible, incluido el presente y futuro espiritual de las personas, sigue siendo un negocio seguro pese al aumento de competencia. Hijos de familias agnósticas siguen siendo bautizados y reciben la comunión. Preocupa mucho si visten de corto o de largo, de azul marino o blanco.

Visité Estocolmo hace unos años, más o menos durante la Semana Santa. Mientras el Cristo resucitaba y los países meridionales se refocilaban en un espectáculo de repetición me dediqué a contemplar el intenso azul de esa ciudad del norte de Europa. Había visitado París, Roma, Amsterdam, Londres, Madrid, Barcelona e incluso Berlín. Nada parecido a esa luz. No sé si seré capaz de visitar Estambul. Recuerdo que iniciaba el solsticio de verano y el día se prolongaba sin fin. Hoy me recomiendan este extraordinario grupo musical. Les preocupa la luz. Son gente del norte. A mí la luz de Alicante me ciega, casi no me deja respirar. Ni siquiera en invierno. Pero qué espectáculo la playa en verano. Es en esa época cuando ella se muestra más exuberante, bajo el sol y bañada por la luz de la luna llena. Entonces recuerdo ese día de lluvia en aquella playa extensa y solitaria donde se paseaban las sombras a su antojo. Extraño y doloroso baile de máscaras, un juego de sombras chinas. También un breve ejercicio de estilo apuntado en un cuaderno que no encuentro. La luz de la luna cae como una sábana blanca en la habitación, la luz de la luna cae sobre el rostro del enfermo, la luz de la luna abraza a los amantes entrelazados.