Esta noche he estado comparando El libro negro (la técnica de composición) con este cuadro. Aquí también.

Entonces me vino a la cabeza este otro.

En ambos observo una curiosa y atractiva relación entre fondo y forma, entre lo que transmite la imagen, la contemplación silenciosa, pausada y prolongada del objeto y los elementos del mismo. El segundo es obra de Isabelle Vernày-Leveque y se titula El gabinete de un aficionado. Lo compuso en 1981 seducida por la sucesión de trampas incluidas por Georges Perec en El gabinete de un aficionado. Historia de un cuadro. Trató de ser fiel a las descripciones contenidas en el libro, si bien se permitió la licencia de introducir dos variaciones, una de ellas añadir un espejo en el que se refleja el pintor. El libro negro es una obra barroca. Es compleja, admite multiplicidad de interpretaciones, es grandiosa, monumental, extensa, teórica, es una reflexión sobre la inspiración, sobre el oficio de escribir, sobre la autoría, la multiplicidad de perspectivas, la diversidad de voces narrativas, la ausencia de sentido lineal, la analepsis. NS, que no es Nadal Suau ni Natividad Sió, afirma que vivimos un tiempo barroco. No se refiere a la experiencia personal del paso del tiempo ni a una hipotética ley pendular de las etapas históricas. Ahí fuera hay miles de conceptos ininteligibles, millones de personas con historias personales que darían para otras tantas novelas, teorías sólidas que explican la naturaleza del tiempo, del espacio, de la formación del universo, evidencias científicas de la decrepitud del cuerpo físico y la senescencia, incomprensibles y atractivas hipótesis sobre conspiraciones políticas y financieras que explicarían la guerra, la crisis económica, el despilfarro en la sanidad pública, la ausencia de carril bici entre Alicante y Sant Joan o el misterioso ir y venir del Taller Punticoma entre la Casa de Cultura y la calle Manuel Amorós. El denominador común es el poder político y su exhibición. En Las meninas teniendo al genio a su servicio, en El gabinete de un aficionado en su manifestación menos tangible y desesperante, la elaboración de un discurso histórico que avasalla al individuo. Es cierto que hoy nos sentimos superados por la falta de tiempo, la promiscuidad en la publicación de libros o el incomprensible e imparable desarrollo del conocimiento científico. Muy parecido a situarse frente a una construcción barroca y contemplar su magnificencia. Vivimos días extraños.