En La vida nueva un joven lee un libro y su vida cambia. En El libro negro encontré uno de los fragmentos mejor pulidos de la literatura universal:

“La memoria -había escrito Celal en una de sus columnas del periódico- es un jardín”. “Los jardines de Rüya, los jardines de Rüya… -pensó Galip-, no pienses, no pienses, o sentirás celos”. Pero Galip pensó mirando la frente de su esposa.

Conocí a Pamuk a través de un artículo publicado en The New York Review of Books. He registrado toda mi biblioteca y ese artículo no aparece. Podría entrar en Google, aliarme con ese sabueso implacable que da con todo lo que buscas aunque no sea lo esperado, y encontrar el ahora recordado por mí como un delicioso escrito. Pamuk hablaba de la biblioteca de su padre y de la voracidad lectora del hijo que poco a poco trasladaba los volúmenes del despacho paterno a su pequeña habitación. Durante el siglo XX fue fácil confundir sangre, tierra y lengua o lengua, tierra y partido. Con sencillez despiadada y métodos expeditivos una persona se sentía responsable de todos. A Pamuk le persiguieron por hablar del genocidio armenio. Ese joven que consiguió una asignación mensual de su padre para poder leer todo lo que pudiera. ¿Qué libro cambió su vida? Quizá más bien vivía una vida nueva con cada libro que escribía. No recuerdo demasiado el artículo extraviado en mi ordenadísima biblioteca. Pero hablaba de un Estambul que me recordaba a Nápoles. Sin conocer ninguna de estas dos ciudades me pareció haber establecido una relación especular entre ellas. Nápoles, una ciudad oriental en Europa, Estambul, una ciudad occidental en Asia. Una imagen fotográfica y por lo tanto falsa. El escritor turco habla de su ciudad y recuerdos en Estambul, ciudad y recuerdos. En Nieve, que bien podría titularse Niebla o Blanco, asistimos al espectáculo grotesco que el nacionalismo, el fanatismo religioso y la politización de los espacios privados ofrece al no siempre inocente espectador. La reticencia a iniciar el viaje se debe al dolor que produce el recuerdo. Así la obra de Peter Handke a propósito de La cinta blanca, de Michael Haneke. El no-poder-decir como reflejo del no-recuerdo. La memoria puede ser un jardín despiadado y poblado como quizá la de Rüya. Un caleidoscopio poblado de imágenes y palabras, imágenes fotográficas y palabras simbólicas. Al estudiar la narrativa nabokoviana intuíamos la obra de arte que empezaba y terminaba en sí misma. Sonreíamos al ser insinuado que un libro cualquiera, Lolita, La verdadera vida de Sebastian Knight o las Obras completas de Corín Tellado pudiera corromper la moral o integridad psíquica del lector.

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