A mí me gustaría que alguien escribiera una novela o crónica sobre nuestro pueblo. Llegué de la mano de mis padres con apenas ocho años. Ahora sé que habían hecho como Benny Profane, el yo-yo. De Alicante a Barcelona, luego Valencia y después otra vez Alicante. Una sucesión de escenarios urbanos que culminó en una parcela frente a un pequeño desierto cubierto de matorral bajo, muebles viejos y desperdicios de todo tipo. Pasó el tiempo y me quise marchar a Barcelona. “Ya está, ya le ha dado el arrebato de nuevo”, “Dejadlo, dejadlo, se le pasará”. Los catalanes tenían fama de cerrados, desconfiados, egoístas y muchas cosas más. En Barcelona conocí a esa raza peculiar: los mallorquines. Lo tienen muy claro. Abres un diario de información general y las secciones se ordenan de la siguiente manera: 1. Ciudad de Palma, 2. Part Forana. Después el resto del mundo. El resto del mundo se divide en “catalans” y “forasters”. En casa nadie entendía que me fuera a Barcelona y no a Madrid. A mí nunca me gustó mucho Madrid aunque mi equipo vistiera de blanco. Tampoco los madrileños fueron nunca de mi agrado. En Barcelona observé detenidamente el comportamiento de esos seres “cerrados, desconfiados, egoístas y muchas más cosas”. A veces se desataban discusiones muy estériles sobre el encaje de Catalunya en España o de Cataluña en Espanya dependiendo de si el interlocutor era federalista, soberanista, ex de bandera roja, rojiverde o muy discretamente popular. Me sigue maravillando la multiplicidad de fórmulas propuestas, casi tantas como las que aparecen en esos dados de diez o doce caras con muchas posturas sexuales la mayoría de ellas inverosímiles o reservadas a contorsionistas. Esas discusiones no llevaban a nada claro. Traté de explicar la importancia del mar en mi formación sentimental. Incluso la necesidad de hacer el yo-yo. Subir y bajar por el corredor mediterráneo o litoral o como queráis. Al final me marché. Después Palma formó mi particular triángulo de las Bermudas. Viajaba y me hospedaba en casa de los padres de N.S y allí el insomne lector dormía más de diez horas seguidas. Palma está atravesada subterráneamente por canales y rutas secretas. Es sede de una sociedad secreta denominada Hermandad Asnológica donde ingresé por derecho de sangre o aristocrático, esto es, por virtud de mi primer apellido. Pertenezco a una estirpe de asnos. Asín puede provenir de asinus, asno. Evité los prolongados, exigentes, elitistas y completamente absurdos ritos de iniciación. Una noche NS consiguió que cerraran uno de los múltiples templos del saber para nosotros, NS, Asinus, JL y el sr. Buchanans. Esa noche vi una mujer envuelta en la bandera republicana y observé una conspiración de primerísima magnitud. Ese reducido y sugestivo mundo se amplió a Nápoles. Si te fijas bien, un triángulo equilátero de cuyo vértice superior surge una línea. De alguna manera estaba envuelto en ese universo pynchoniano, caótico, desordenado, imprevisible y genial. Prefería estas construcciones vagamente intelectuales a reconsiderar una y otra vez mi sentimiento nacional. Tal cosa no existía. No entendía de lealtades colectivas. Un pequeño partido político lanzó una campaña bajo el lema “dos lenguas mejor que una”. Tres mucho mejor que dos, de esto estaba muy seguro. Es como leer varios libros a la vez o no tener un solo escritor/a favorito/a. Pero no encontré seres egoístas y desconfiados. Volví a Alicante y después a Sant Joan (antes era San Juan/Sant Joan, ahora solo Sant Joan). Hacer el yo-yo y figurarme triángulos y cosas así me sirvió de mucho. Me pareció que en nuestro pueblo una porción importante éramos de fuera aunque lleváramos viviendo más de quince años. Así se nos consideraba. Todo lo que se insinuaba sobre los catalanes estaba muy presente aquí. Uno empieza a indagar y a escuchar. Algo así como excavar en el jardín de Corleone o levantar alguna alfombra en casa de Toni Soprano. Alguien tiene que escribir sobre esto.

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