Sólo sabes que todo está relacionado. Tienes que encontrar el punto de conexión. Un ascensor, una caja repleta de naranjas, un perro pastor inglés, una mano temblorosa, un expediente, los dados que ruedan una y otra vez como si fuera la primera. Piensas en Slothrop y su querencia extraña por el plástico. Él sabía que existía algo que relacionaba el plástico, el cohete y su propia infancia. Imipolex G, V2. El siglo del látex. En algún momento de su infancia algo le fue hecho a Slothrop. No recuerda qué. Pero le conduce a perseguir misiles V2. Abres un ascensor a los doce y encuentras un sobre que contiene un folio donde está escrito parte de tu futuro. Ufff, piensas, creía que todo se reducía a tomar la comunión vestido de azul marino. Pero siempre sospechaste que había algo ahí detrás. Algo más que un ascensor que se comporta como un yo-yo. No necesariamente que las letras se convirtieran en números y la suma de estos diera otro número para sumar a otros y así sucesivamente. Ves un rostro joven. Su particularidad reside en poseer una expresión de tristeza y melancolía intensas cuando la seriedad se impone. Una belleza que parece provenir del frío. Intuyes que unas naranjas en un ascensor es una combinación peligrosa. Una de las múltiples posibilidades es que el ascensor se detenga entre dos alturas y que esa imagen quede fijada en otra mente muchos años después. Dos sucesos en apariencia independientes. Entonces como anoche sonaba esto.

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