1.  Son las 4.20 del día uno de enero de 2010. Empezar el año como terminó el anterior. Volcado sobre el teclado.

2. El día treinta de diciembre de 2009 correo de N. Sió. “La fiebre ha remitido. Pienso en ti y me preocupa cómo puedas entrar en el año 2010. Recomiendo el visionado de Shoah de Claude Lanzmann.” Compro la mañana del 31 el dvd Shoah. Tuve ocasión de asomarme al documental hace ya unos años. Cintas vhs. También se agolparon en mi memoria los Kertesz, Primo Levi, Arendt, Celan, Jünger, Schmitt y demás.

3. No aguanto más de media hora delante de la pantalla. Me pregunto si hace unos años en vez de asimilar el sufrimiento me limitaba a contemplarlo temerariamente. Leo en Todo lo que amé, de Siri Hustvedt, que todos ansiamos dejar una cicatriz en el cuerpo de la persona amada. Paso la tarde viendo El apartamento, de Billy Wilder. Jack Lemmon invita a cenar a la ascensorista, “sé muchas cosas sobre usted, dónde vive, que tuvo paperas, que fue operada de apendicitis…”, “no comente lo de la operación con sus amigos, se preguntarán cómo lo sabe”, contesta ella. El cuerpo del otro es un territorio a explorar. Las cicatrices invisibles esconden heridas aún más profundas. ¿Es legítimo cuestionarse sobre esas cicatrices dejadas por otros? ¿No deberíamos más bien rodear esa porción de piel simulando que la ignoramos?

4. La noche del día 30 padezco un fuerte dolor que nace en el oído izquierdo y se extiende hasta el hombro. La mandíbula y el cuello parecen partes extrañas a mi cuerpo. Como si no hubieran sido mías. He de hacer un esfuerzo y conseguir algo así como una cultura audiovisual. Introduzco el dvd de Mi cena con Andre, de Louis Malle. Antes de seguir escribiendo pongo un cd de Satie que recopila gran parte de sus obras para piano. Suenan las Gymnopedies. Esa película me recuerda una determinada época en Barcelona. Quizá allí sufrimos el tránsito de la adolescencia a la edad adulta. Hace dos veranos paseando por una playa mallorquina con N. S. a mi lado, “fuiste una persona importante en mi vida, una de las que cambió mi rumbo, algo así como modificar el estado mental de las cosas”. En aquella época pensábamos que nos rodeaba una suerte de fantasía orwelliana, un sistema totalitario que dominaba a la población. El totalitarismo simpático. El término lo acuñó Azúa y todavía creo que describe bastante aproximadamente lo que sucede ahí afuera. N. me contestó que recordaba “el horror”, “recuerdo esos meses en los que sentía el horror”. Fueron meses difíciles tal y como expliqué a Félix durante la cena de despedida del Taller. Nos encerramos en nuestras habitaciones con pilas de libros escritos por testigos del Holocausto, poetas alemanes, filósofos y ensayistas de la talla de Schmitt y Jünger. En esos momentos solo llegaba a nosotros la poesía. El lenguaje poético era un refugio al inevitable silencio, una alternativa a la irreductibilidad del horror. Pasaban los meses. Desatendimos las clases, las amistades e incluso dejamos de frecuentar locales nocturnos. Hicimos un alto en el camino. Decidimos invitar a dos aspirantes a poetisas o narradoras en ciernes, no recuerdo bien. En nuestro piso había un bar forrado de madera noble, acristalado con motivos florales y convenientemente iluminado con bombillas de tonos rojo oscuro. Dispusimos los elementos como ajedrecistas expertos. Sí, bien merecíamos horas de asueto. Natividad estaba muy nervioso, caminaba de aquí para allá, se mostraba taciturno. Se mesaba la perilla y no paraba de murmurar “aquí falta algo, falta algo”. Minutos antes de que comparecieran nuestras invitadas corrió a su habitación y volvió con una pizarrita donde había escrito con tiza “LA HERRUMBROSA CIENAGA”. El corolario de la noche se redujo a constatar que la ría de Vigo era “muy bonita” y que “el teatre en català està marginat”.

5. También dice Jack Lemmon, “en la vida no siempre se gana”.

Anuncios