Avanzaba la tarde. Daba vueltas a esos términos, spleen, tedio, saudade… Ayer domingo compré una Antología de la poesía portuguesa cuya lectura me sumió en un extraño estado de melancolía y apatía ¿dolce far niente de las vacaciones navideñas? Una melodía me venía a la cabeza. Grandilocuente, desmesurada . Pero quién demonios querría vengarse. Quién ajustar cuentas con un tipo estudioso, aburrido, sosegado e imprevisible. Ahí encima de la mesa un montón de libros. La mayoría de ellos por releer. Llamé a una amiga quien se apresuró a interrumpir la conversación. Estaba con su pareja cenando en un restaurante chino. Una experiencia extrema que quizá me viniera bien. No. Ya estaba un poco cansado de tanta letra impresa. De vez en cuando, una superproducción de Hollywood arregla el asunto. En este caso, John Rambo o Rambo IV, como gustéis.

Suena blando, acomodado (no es aconsejable utilizar aquí decadente, estaríamos imitando a esos jóvenes norteamericanos que ante una hamburguesa doble o una vagina exclaman “alucinante”, abusando de las posibilidades que ofrece la lengua, desperdiciándolas. Alucinante es ver la cara de Dios, estar en la cima de un volcán que entrará en erupción en pocos minutos, estar en la cresta de una ola que nos lanzará contra unas rocas incrustadas de percebes y restos de naufragios olvidados), pero parece que la era de los titanes periclitó sin remedio hace un tiempo. Para nuestra fortuna todavía hay grandes directores de cine que nos transportan desde nuestros cómodos salones diseñados por algún sueco sobrio y comedido a escenarios donde se decide el destino del Hombre entre una lluvia de fuego, metralla, acero, proyectiles asesinos, gas hilarante, vísceras de oriental y huesos quebrados por balas de platino (como aquella que se alojó en el corazón del cerdito que devoraba los testículos de actores porno después de eyacular, M. Antonia Iglesias apretaba el gatillo fácil, sin reparar en que el gruñón era feminista, gritando “aquí mi fusil, aquí mi pistola”, pero esa es otra historia). John Rambo pertenece a un mundo que ya no existe. En ese mundo crecimos, sentados en el sofá de casa asistiendo a clases impartidas a distancia por El coche fantástico y El equipo A. Vivíamos en un golpe de Estado continuo. Héroes que sobrevivían combatiendo al Estado, cuestionando su esencia, la soberanía, el monopolio de la violencia. La justicia la administraba un señor de negro que pertenecía a una fundación para restablecer la Ley y el Orden o un grupo de convictos que habían combatido en Vietnam. Rambo pasó sus mejores años asumiendo su destino de héroe. Pero el mundo ha cambiado a mejor, a juzgar por la cuarta entrega. Rambo se da cuenta y participa en una descerebrada trama que consiste en guiar a unos iluminados (fanáticos religiosos) hasta la guarida de un pelotón de militares salvajes constantemente bajo los efectos de las anfetaminas para luego tener que salvarlos con un comando de cuota (un ex militar traumatizado por la pensión alimenticia que mensualmente le factura su ex mujer por cuidar a tres hijos, un musulmán, un hispano y un “wasp” guapo, silencioso y sofisticado, como si las universidades de la Ivy League hubieran acordado su participación en un programa de prácticas de verano no remuneradas). Cabría considerar un detalle que hará las delicias de los neoconservadores: el Estado se ha retirado definitivamente de la esfera político-religiosa. ¿Quién redime a los orientales? Una Iglesia protestante de Colorado cuyo reverendo visita a Rambo en la noche (una iglesia avispada habría acordado una suerte de epifanía que justificara la posterior y definitiva conversión del feroz Rambo en un fiel humilde y servicial que organiza mercadillos benéficos para recaudar fondos destinados a comprar Biblias que se repartirán entre negros adolescentes enganchados al crack y la NBA) y le confiesa que la Embajada Norteamericana declina toda iniciativa, asume su impotencia. El Reverendo recurre a mercenarios bajo la astuta y sigilosa tutela de John quien, por obra indirecta de la  protagonista rubia y virginal, escruta su interior y concluye que debe volver a su origen, Norteamérica, antes corrupta y hostil (sin duda debido a la omnipresencia del Estado) es ahora un paraíso adánico. El rancho que perteneció al padre de John y ahora a nuestro protagonista es un símbolo inequívoco de que una revolución interior religiosa pondrá de manifiesto la necesidad de una vuelta pseudoroussoniana a la Naturaleza. O quizá Rambo vuelve al rancho para esconderse de futuros castings de películas en las que debe luchar contra soldados anfetamínicos en el culo del mundo donde la geopolítica tiene la importancia de la obra completa de Mircea Eliade en la biblioteca de Sánchez. Eso no lo sabemos con seguridad. Este último punto, la reclusión voluntaria e inexplicable de John, suscita una duda que me hace considerar el Quijote como una recreación de la locura del Rey Sabio. La Mancha no se refiere a la hipotética condición de converso del manco sino a la mancha que deja la locura ajena en la mente de los cuerdos (Cervantes sería un Conrad avant la lettre, diríamos que escribió la obra de Conrad quien se limitaría a reescribirla). Además de la Academia de Sobrevalorados fundaremos una Asociación Cervantina que reivindicará que Cervantes escribió El corazón de las tinieblas y,…, La República de Platón.

Nota: Hay una asociación que defiende que Francis Bacon escribió la obra atribuida a Shakespeare, por lo tanto también la obra de Marlowe, además de Don Quijote y La República de Platón.

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