El paseante sigue sus pasos atraídos estos por la verdura del bosque y el olor a tierra fresca cubierta de fino rocío mañanero. El brezal muestra pequeñas flores de un rojo pálido anudadas delicadamente a unos tallos frondosos y robustos. El paseante no distingue bien y cree estar ante algún roble centenario, signos de una naturaleza exuberante y poderosa. Arrastra ligeramente los pies sobre la arenilla del camino. Un manto fino que el paso del hombre tañe como un instrumento de viento, escucha la melodía, aprieta el paso. Podemos observarlo ensimismado, invadido por una confianza en sí mismo y en lo que le rodea verdaderamente envidiable. Hay arbustos bajos que se mueven, probablemente son alimañas quienes los agitan con sus escuálidos cuerpecillos. Antes, hace apenas unos minutos, desde el camino se contemplaban los árboles como partes de un todo. A medida que los pensamientos fluyen en la mente del paseante (los paseos provocan la confidencia íntima como si el paso ligero desatara esas ataduras férreas que la prudencia impone a la lengua) los árboles aumentan de tamaño y la claridad verdosa ennegrece. El paso liviano se torna tembloroso, el camino principal que mecía la conciencia del paseante se divide en sendas angostas sin un trazo definido. Las ramas chasquean, parecen protestar, el peso del cuerpo del paseante las daña, emiten su muy particular alarido, seco y grave. Son las primeras en recordar al paseante que cuerpo y mente pueden ir por separado. De hecho hace tiempo que se engañan, la mente hizo creer al cuerpo que se adentraba en un bosque y el cuerpo, en estricta venganza, suministraba sensaciones placenteras a la mente. El paseante observa los troncos retorcidos que desprenden cortezas endurecidas. Toma un trozo porque piensa que es parecido al corcho, se lo lleva a la boca, muerde y la madera se deshace como tierra. Oscurece rápidamente. Ahora las rodillas tiemblan y no a causa del cansancio. Las pequeñas e inofensivas alimañas bien podrían ser depredadores amaestrados por el hambre y la escasez, cazadores expertos a la espera de una presa fácil, tan fácil que mereció la pena esperar horas para abatirla y así satisfacer el instinto asesino de todo depredador. Las botas están humedecidas, gotas de sudor recorren la espalda de nuestro ingenuo paseante quien creyó que cualquiera puede recorrer los senderos del bosque. Hace unas horas acariciaba las hojas de los arbustos y se llevaba la palma de las manos a la boca, olfateaba llenando sus pulmones de aire, besaba el olor que desprendía la naturaleza en contacto con su cuerpo. Ahora, si una rama roza su camisa o sus manos se siente agredido, siente un cuchillo afilado deslizándose con premura.

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