La poesía puede decantarse por una forma intelectual, severa y exigente, en muchas ocasiones hermética y referida a un universo conceptual propio del autor o bien reflejar un itinerario vital constituyéndose en un cuaderno de bitácora. En realidad cada poema comparte esa doble naturaleza. Si somos capaces de separa los siguientes elementos: forma, lengua, tema, posición en el conjunto; entonces hemos desmembrado el poema, decía Sio. El lenguaje poético es perturbador. Por una parte conecta directamente con la comunidad lingüística, se remonta a formas primitivas del lenguaje donde los símbolos tenían un protagonismo superior. Por otra debe luchar con la tentación de utilizar la prosa. La prosa se caracteriza por introducir elementos transicionales. Por ejemplo, en una novela es aceptable la siguiente frase, “Tomamos un café con leche en la cafetería de la esquina. Lola agitaba su pierna izquierda mientras me contaba su penúltima pelea con Luís. Sus desencuentros eran frecuentes. Cuando nos dimos cuenta los cafés se habían enfriado”. Esto jamás puede ser un poema. Pero podría formar parte de alguna gran obra aunque nadie diría que estas frases dotan de especial categoría al texto. La prosa es como la vida. La mayor parte la pasas protagonizando ese tipo de “elementos transicionales”. La poesía es ficción intensa. Todo se dirige a lograr la máxima emoción en el menor espacio y tiempo posibles. Sin embargo, hay más lectores de prosa que de poesía. Todo esto es muy confuso y debo madurarlo un poco más.

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