Hay un escritor neoyorquino nacido en Cleveland que desde su escritorio situado en una habitación de Brooklyn ha creado un personaje secundario interesante. Se trata de un mendigo, ¿cómo traducir homeless?, ¿un sin casa?. Desde luego este personaje no posee una vivienda ni nada que se le parezca. Pasa las noches en el retrete de un Taco Bar cerca de la playa de Pasadena en California. Oye gotear la cisterna. Cobra unos dólares por limpiar el estropicio que cada noche sin excepción encuentra. El propietario está satisfecho con el trato porque el mendigo es madrugador y limpio. Se levanta, se asea, come los restos de la noche anterior, se marcha a la playa, se sienta sobre la arena y espera a que suceda algo. Nunca sucede nada nuevo, el sol sale, brilla, calienta, quema, lucha con alguna nube y acaba por ponerse. Apenas hay variación en el guión. El mendigo gana unos dólares extra aconsejando a otros hombres sobre sus relaciones con las mujeres. Su receta es invariable, sed duros con ellas como lo es el sol con todos. A veces cobra en efectivo, otras es obsequiado con una botella de vino que pondrá a refrescar en la cisterna del sumidero donde duerme. Como sus consejos funcionan cobra fama de hombre sabio y es escogido por otros mendigos como una suerte de juez de paz para solucionar aquellos conflictos por los que no merece la pena malgastar una bala o emplear el bate de béisbol. Si un mendigo se introduce en un cubo de basura, encuentra un alimento fresco y lo deja sobre la acera, es suyo aunque tarde un tiempo en salir del contenedor. Si alguien duerme habitualmente en una esquina protegido por cartones pero una noche decide no hacerlo porque otra persona solicita su compañía mantiene el derecho a dormir en esa esquina. Asistimos a toda una casuística muy propia del derecho norteamericano. Acuden al sabio observador del batir de las olas para que de entre sus recuerdos aflore una situación análoga a la que las partes no saben solucionar privadamente. El mendigo desaparece de la narración porque la historia nos habla de la ciudad de Los Ángeles, de su génesis como vertedero humano donde se refugiaron esclavos manumitidos, esclavos fugados, dementes, presidiarios y gente así. Hoy el mar posee un azul intenso, se muestra distante, alejado y extraño. Recuerda a los meses de otoño o invierno cuando el sol parece brillar como si fuera verano pero el agua sobre la que cae se resiste a ser engañada. Las olas se engalanan con espuma blanca. Hoy el mar ha cobrado ese tono plomizo que se puede observar en el puerto de Nueva York. A veces en sueños se mezclan imágenes que debían estar en compartimentos estancos aunque si se piensa bien durante el sueño se nos brinda la posibilidad de observarnos a nosotros mismos. Lo que más me atrae del mendigo es que nunca sabemos qué sucede en su mente, ¿qué piensa?, ¿qué opina en realidad sobre las cosas, los acontecimientos? ¿Quién habrá inspirado ese personaje? A lo mejor observa a las mujeres salir del agua, mojadas, humedecidas por las olas, la piel erizada al soplar la brisa y envolverlas en una capa salada. Puede que espere el milagro de ver aparecer la mujer soñada o puede que añore a esa mujer concreta que desbordó cualquier sueño forjado durante las impagables noches adolescentes. En cualquier caso el escritor ha conseguido que perdamos algunos minutos de nuestro tiempo pensando en ese personaje anónimo y críptico.

Una mañana resplandeciente, James Frey. Editorial Mondadori.

Anuncios