Los naranjos aparecen moteados por el azahar blanco. Despiden un suave e intenso perfume. Las gotas del rocío de la mañana caen sobre el césped. Las rosas descuellan con vigor, un brote tierno y húmedo. Pienso en la cintura que surge como un tallo y en las espinas que la protegen. El perrito acerca su hocico al rosal y mordisquea el tronco espinado. Lo hace con delicadeza de experto. No teme lastimarse la lengua o las encías. No tiene miedo y así su aspecto de payasito con patitas cortas pero musculadas y pecho anchísimo pero fatigable es el de un honesto caballero. Él sería capaz de morir en duelo, recibiendo un balazo en el corazón de parte de un francés altivo, orgulloso, hábil y petulante, como Pushkin. No teme las punzantes espinas ahora filamentosas, masticadas con firmeza. Podría leer a Celine y a Bloy, a Heidegger y a Jünger y salir victorioso del envite. Quizá escuchó alzando con levedad una de sus dos orejas alguna poesía de Hölderlin o su trasunto jüngeriano, creo, tengo mala memoria, estoy lejos de mis libros, de mi biblioteca y cito con errores, sabrás perdonarme, espero, pues él parece saber que en el riesgo está la salvación. No hace mucho tiempo enloquecía con La trucha de Schubert. Se tumbaba boca arriba mostrando su barriga moteada de negro. Pensé en un posible antepasado dálmata pero a la vista de su anatomía imperfecta descarté rápidamente la idea que sin duda era absurda y probablemente fruto de la improvisación que tantas veces me ha traicionado. Como nunca tuve maestros me convertí en un diletante. Empecé a temer por la formación de mi compañero, probablemente abocado, dadas mis lecturas y audiciones tan caprichosamente elegidas, a un diletantismo peor que el mío. Pero se contonea insistentemente agitando sus patitas y mostrando su abdomen con un movimiento tierno y algo sensual. Sin duda, me pide que le rasque suavemente, casi una caricia. Ahora duerme a mis pies y dudo de su valentía. No sé si la ausencia de miedo es temeridad inconsciente. Schubert va con mi temperamento, su música es puro apasionamiento sensual, una pasión contenida en el pecho del compositor, ligada por palabras dichas hace tiempo, encorsetada y algo dormida. Pero esa música no gusta a los puristas que la sienten sentimental y preñada de vulgaridad. Cuando era un inconsciente y leía a Muñoz Molina pensando que conectaba con la divinidad y me enfadaba porque no le concedían el Nobel sin sospechar que profundizaba en mi idiotez y ceguera descubrí en uno de sus personajes La muerte y la doncella. Pero yo no tengo oído musical o a lo mejor no lo he desarrollado todavía aunque mi casa estaba llena de Mozart, Haendel, Bach, Schubert, Ligety, Wagner, Chopin y alguno más, incluso la noche que mi padre entró en coma, antes justo de marcharse al cine con mi madre, la pasé escuchando una sinfonía de Sibelius a quien, por cierto, en España lo han vulgarizado al convertir su música en banda sonora obligatoria de Al filo de lo imposible y, necesariamente, de los documentales de La 2 con nieve, haya montaña o no. Escuchaba esa música algo triste pero no melancólica, la melancolía es solar, los melancólicos son espíritus solares, así Burton en la Anatomía de la melancolía, así la plomo-prosa o prosa plúmbea de los Miró y Azorín, mi padre entró en el salón, me miró, levanté la vista hasta establecer contacto visual y le dije “he estado tanto tiempo instalado en la idiocia”. Era octubre, el penúltimo día del mes y no había nieve, ni siquiera hacía frío pero el finlandés ponía banda sonora a lo que sería una despedida definitiva, una despedida física puesto que mientras hay memoria los seres queridos, también los no queridos, están ahí y no entiendo cómo no protestan porque su indefensión es absoluta e injusta, moldeamos sus figuras, casi desfiguramos sus rostros, los ponemos aquí o allí a nuestra caprichosa conveniencia o por puro azar. Mi padre abrió un poco los ojos, no tanto como la tarde que trató, sin éxito, de asimilar que su hijo permanecería, por voluntad propia, célibe y entregado a una vida de oración y estudio, “no tanto”, me contestó. Dio media vuelta, no sé si giró sobre su pierna izquierda o sobre la derecha, no me fijé en el blanco de sus ojos. Durante noches enteras me torturaba pensando que la enfermedad puede verse en el fondo de la mirada. No se debe leer mucho y tampoco pensar durante la noche. Porque al revisar la bolsa de deporte verde encontré un párrafo que decía “si narramos una historia de amor no debemos referirnos al fulgor de los amantes, más bien se trata de reflejar su soledad” y me he dado cuenta de que no tenía ni idea de muchísimas cosas, de que los libros no nos proporcionan exactamente experiencias vitales ajenas, no en su pura autenticidad. Pero el comercio electrónico es un fraude, compré un libro el veinte de marzo y llegó hace un par de días y encima tuve que desplazarme a la estafeta de correos a recoger el ejemplar titulado Hermenéutica a cargo de José Domínguez Caparrós quien recopiló una serie de textos fundamentales para comprender, o eso quiero pensar, qué es exactamente la interpretación de un texto, tarea de lectores de literatura, de teólogos y de juristas, cambia el orden si quieres, yo no encuentro diferencias entre ellos. La soledad del texto es absoluta, ¿cómo demonios se me ocurrió escribir que los amantes están en soledad?, y la distancia entre el autor y el lector es insalvable. Me interesa especialmente uno de los textos escrito por un jesuita a cuento de la autoría divina de la Biblia y de la siguiente paradoja, ¿es posible que Dios necesite ser interpretado? A la Biblia le sucede lo mismo que a Homero, son víctimas de la concepción moderna del artista. Nos importa tanto la figura del autor como el propio texto, “claro, Chopin y Schubert, sifilíticos, padecían tercianas, así de triste tenía que ser su música”. Imagínate que a través de la Biblia, de su lectura, pudiéramos sentirnos pequeños dioses. Dios, en el Génesis, creó el mundo, el hombre, la mujer y después delegó la facultad de nombrar en el humano. Jugar con las palabras, con el lenguaje, fantaseaba con eso mientras escribía, en otra parte, plagiando o tomando prestado, “un hombre es su biblioteca” porque me parecía muy triste y doloroso que se hubieran quemado libros o que alguien fuera despojado de un territorio forjado como si fuera inexpugnable y salía al balcón del undécimo piso donde viví apenas año y medio y observaba el mar, dejaba perdida la vista hasta que me dolían los ojos porque la luz diamantina del sol reflejaba inclemente, veía la isla de Tabarca, ese peñasco plano, árido y aburrido aliado contra mi ya de por sí exigua vida sentimental, miraba a lo lejos, peleando por encontrar la palabra adecuada. La fatiga me vencía a menudo, me tumbaba en un sofá verde que había en el salón, bajaba alguna persiana y descansaba abrazado a una almohada durante unos minutos. Empecé varios cuadernos, uno rojo, otro negro.

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