Un judío enfurece porque su hija le comunica su intención de casarse con un portorriqueño. Viven en Brooklyn, es 1970 y afuera hace frío. Los copos de nieve se desplazan a través del ventanal, blancos hasta el suelo gris. La hija propone al padre tres posibles alternativas. Primera, que la abuela no hubiera escapado de la Galitzia natal. En 1970 todos, la abuela, el padre y la hija serían ceniza. Segunda, ser judíos en Palestina. El padre habría participado en la guerra de los seis días y, probablemente, habría sido mutilado o herido de muerte. Tercera, ser judío norteamericano y que tu hija se case con un portorriqueño católico en la catedral de San Patricio.

Todo sucedió en un momento. De la noche a la mañana. Al levantarnos éramos huérfanos. Si no fuera por los rostros que nos rodearon no recordaría prácticamente nada. El policía que me tomó declaración prestaba atención a una pantalla donde jugaban Argentina e Inglaterra y Maradona marcó un gol con la mano, la mano de Dios. Mis padres murieron algún día del verano de 1986 mientras se disputaba el Mundial de México en un accidente automovilístico. Mi hermana y yo ocupábamos los asientos traseros del vehículo siniestrado y traté de explicar al policía que observaba la pantalla punteada que no recordaba nada absolutamente. El coche era blanco, sí, era blanco, reafirmaba mi hermana. Pero no sé si en realidad era color crema o beige o gris mate. Un accidente cambia la percepción de los colores, de las voces. Comencé a ver de noche. Puede que se tratara de meras ilusiones, al fin y al cabo se trataba de crear otras vidas que a modo de molde acogieran mi prematuramente modesta existencia. No recuerdo nada de los años escolares salvo al funcionario que nos acompañó el primer día del curso de 1987 y explicó a nuestro tutor escolar que éramos tutelados por el Estado. El colegio debía ser rojo o anaranjado, de ladrillo a la vista y un patio que enmudecía después de que sonara la sirena más o menos dos veces al día durante la mañana. Maradona daba la victoria a Argentina y a mí me invadió un frío glacial que empezó a recorrer mi espalda hasta la cabeza. Sin duda, esta era una de las posibilidades que se me planteó aquel verano de 1986 cuando pedí a mi padre que acelerara porque, de vuelta de la playa, nos demorábamos y el partido del Mundial había empezado y yo quería verlo.

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