Hay quien trabaja como un poseso aprovechando lo que comúnmente se denomina golpe de inspiración. Otros diseñan meticulosamente cada paso que van a dar sin reparar demasiado en si ese día es bueno o malo para pasar unas horas delante del ordenador. Hace un tiempo, casi siempre a la misma hora, observé a un señor de unos 75 años desde la ventana de mi estudio. Paseaba meditabundo, a buena marcha. A esa hora, en dirección contraria, grupos de niños salían del colegio y se dirigían a sus casas. Ese tipo me hizo ponerme a escribir. Físicamente me recordaba a Kant, pero no se puede escribir una historia con Kant como protagonista. Kant apenas salió de su ciudad natal, Koenigsberg, y en algunos manuales de filosofía se hace referencia a él como el regiomontano. El personaje se llamaría Reig i Montano, el señor Reig i Montano. Puede estar jubilado o salir en ese momento del trabajo. Es por la tarde, el sol rueda en el horizonte, la tarde se apaga, algunas farolas se han encendido. Siempre me coloco detrás de las cortinas para no ser sorprendido mientras espío al misterioso caminante. Creo que Reig, al ver a los niños, se acordaba de Celine, “temblad cuando los grandes hombres empiecen a preocuparse por vosotros”. Puede que yo no fuera el único que observara a Reig, quizá también una joven de unos veinte años lo hiciera movida por algún motivo inconfesable, de ahí su miedo a ser sorprendida por Reig. Cada tarde los mismos movimientos, tumbada en la cama aguarda la hora de la salida del colegio, la habitación está desordenada, hay muchos libros, algunos de ellos por el suelo. Cuestiones, ¿vive sola esta chica?, ¿qué le impresiona más de Reig?, ¿por qué o cómo logramos que Reig parezca taciturno y preocupado? ¿están ligados de alguna manera la chica y Reig? Dado que por lo breve de la narración bien podría tratarse de un cuento o quizá más acertadamente de un sueño decidí jugar a convertir al narrador de la historia en un ser mefistofélico, alguien que juega con el lector y los personajes confundiéndolo todo. La idea del pacto con el diablo anda un poco en desuso. De hecho la chica que aparece está inspirada en una amiga que se llevó una grandísima decepción con la lectura del Fausto de Goethe. Me sentí responsable puesto que se lo había recomendado. Pero es muy difícil conectar hoy con el mundo goethiano. Recordarás que se trataba de uno de los últimos aristócratas del espíritu, de esos que ambientaban sus dramas en Italia porque allí veraneaba un alemán de categoría y respetaba las formas del drama clásico. Hace trescientos años la mera idea de establecer contacto con el Diablo estremecía. Hoy estamos un poco de vuelta de todo, no sé si muy acertadamente. Compré un libro de Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis, en Santiago de Compostela donde acudí en peregrinación pero también guiado por uno de los libros más interesantes con que he dado en toda mi vida, la Historia del Diablo de Vicente Risco. Allí se explica que en algún sótano de la universidad de Santiago, en una habitación sellada, se encuentra un volumen auténtico del Libro de San Cipriano donde hay fórmulas exactas para pactar con el Príncipe de este Mundo. No podía enviar a mi amiga a Santiago de Compostela o sí podía hacerlo pero yo allí no vi nada demoníaco y no me parecía correcto alimentar su curiosidad. Le recomendé el Fausto de Goethe. Lo hice de manera indirecta, una noche en que la invité a cenar a casa junto con unos amigos. Alguno de ellos es un completo descreído. Tenía preparada mi argumentación, saqué un volumen del Fausto de Goethe, otro del Fausto de Marlowe y otro del Doktor Faustus de Thomas Mann y le pregunté, “¿tú sabes más que ellos?” Este tipo de anécdotas complican mucho la vida, hay quien se enfada o te toma por loco. Mi amiga se llevó el Fausto y acabó decepcionada. ¿Pero Goethe no había disfrutado de la intimidad de una chiquilla de dieciséis años cuando él pasaba los ochenta? ¿Y este es el pacto que nos ofrece? Construir una historia es un proceso complicado, nunca sabes qué tipo de lector te juzgará, desconoces sus necesidades, ¿querrá una foto de la realidad?, ¿un mero pasatiempo?, ¿una invitación a la diversión? Hay que olvidarse siempre del lector aunque yo tomé a mi amiga como destinatario. Me puse a escribir sin reparar en el hecho de que no conocía a prácticamente ninguna chica de las características de la destinataria de mi historia. Me sobresalté cuando esta idea me vino a la cabeza. Se trataba de una argucia más del manoseado bloqueo para impedirme avanzar. Revisé mi agenda, mi correo electrónico, las fotos que guardo en una caja roja y que en otro lugar dije que era la caja de los secretos de mi padre, abrí unos cuantos cuadernos de varios colores y no encontré ni rastro de una chica de veinte años, morena y pómulos prominentes. Me acordaba de sus pómulos porque Reig tocó uno de ellos, no sé si el izquierdo o el derecho. Lo hizo como quien se despide de alguien importante. ¿Por qué se dejó acariciar? Eso sí lo sé, Reig me confesó que el narrador de la historia que yo debía haber escrito le propuso un intercambio que él, al principio, se tomó a broma y después aceptó como quien compra un billete de lotería. El narrador le ofrecía cualquier deseo que Reig quisiera ver cumplido a cambio de su alma. Reig, me confesaba apesadumbrado que a su edad poco tenía que perder. Él sólo recordaba a una mujer, la recordaba cuando tenía un cuerpo casi de niña y ambos veraneaban en un pueblo de la costa con su respectivas familias. Habían pasado más de sesenta años y ese era su recuerdo más preciado contra cuya deformación había luchado casi cada día de su ya dilatada vida. ¿Y si volvía a tocar a un joven, aunque solo fuera en la mejilla? ¿Afianzaría más su recuerdo? El narrador hace lo que quiere con los personajes, a Reig lo engañó o eso creo a la vista del texto que he escrito basándome en las confesiones de Reig y en lo comentado una tarde por mi ahora desaparecida y puede que inexistente amiga. ¿No te confundirías Reig? ¿No lo habrás soñado todo? Pero Reig insistía en que esa chica existía y la describió de manera muy parecida a como yo habría recordado a mi amiga de haberla visto si quiera una sola vez

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