Propongo una reflexión sobre la idea de amor, desde los trovadores medievales hasta prácticamente nuestro siglo. Me resulta muy curioso que algo elaborado hace casi mil años todavía se remueva dentro de nuestro cuerpo. La verdad es que la idea de Amor medieval, puro, no físico, incondicional, con idealización de la Dama, sumisión y servidumbre del amante, dolor por no albergar la posibilidad de consumación, celos, etc puede sonar un poco ingenua. Hay dos amores, el espiritual y el físico, el amor de ágape y el amor de eros. Pueden darse a la vez o permanecer yuxtapuestos. Me abruma la capacidad de la Iglesia Católica para aunar ambos, el amor a Dios junto con la sensualidad y la embriaguez que sugieren sus catedrales, la Roma papal, sus ritos, el cáliz de oro y brillantes. Ese es un equilibrio que ninguna otra confesión ha logrado. Pasado un tiempo, la poesía medieval, junto con la de Petrarca y Ausiàs March suscitó una fuerte reacción. Por ejemplo, Roís de Corella escribió El amor es la desgracia y en La Celestina observamos una crítica despiadada del amor espiritual. No recomiendo la lectura de Sade, yo le leí hace un tiempo y me decepcionó profundamente. Después di con un ensayo titulado El amor y occidente, de Denis de Rougemont, quien explica que la obra de Sade es una reacción contra los restos de ese Amor que, en su época, volvía a circular en forma de novelitas románticas para consumo doméstico de la burguesía. Creo que Sade está sobrevalorado. Parece que hoy es imposible mantener la sensación de enamoramiento más allá de un tiempo siempre demasiado breve. Quizá la culpa es de Petrarca quien sugirió la posibilidad de identificar la idea de amor con un cuerpo físico. Ojalá hoy pudiéramos separar la idea del cuerpo. ¡Cuántos dolores de cabeza evitaríamos! Sin embargo, Anna Ajmátova fue capaz de amar profundamente a una persona durante casi toda su vida después de verla un par de veces. Algo sigue funcionando en nuestro interior, algo resuena desde antiguo. El ser humano es un misterio. Por ejemplo, en Crimen y castigo, el asesino Raskolnikov es redimido por el amor de Sonia, una antigua prostituta. No tengo un criterio definido sobre qué es el amor, hasta dónde llega, cuál es la diferencia entre, por ejemplo, el amor de una madre por su hijo y la pasión de los amantes al principio de su relación, cuál es la diferencia entre la pasión de esos mismos amantes y una obsesión casi destructiva. Las fronteras son tan difusas en ocasiones.

Dejo el ordenador a un lado, voy corriendo a mi biblioteca. Cojo la poesía medieval cuyo tema es el Amor (el amor cortés), me topo con el Sendebar, un puñadito de cuentos misóginos recogido en la península durante la Edad Media cuyo origen es persa o indio. Tomo El amor y occidente, El cancionero de Petrarca y la Poesía de Ausiàs March. Estudio varias horas, vuelvo al ordenador.

Hay que expulsar de la biblioteca a Dante y Petrarca, salvemos a March, ¿por qué? Pues porque acabaron para siempre con el Amor convirtiéndolo en amor. En la poesía medieval de temática cortesana el poeta-amante cantaba a Amor (Digresión: se asegura que dicha poesía se distribuyó en la misma área geográfica que la herejía cátara, los herejes utilizarían como medio de comunicación los bellos versos que han llegado hasta nosotros, Amor sería un anagrama de Roma, Roma la puta de babilonia, Amor la pureza espiritual. Como sabes, en dicha poesía medieval no se concibe el amor físico. Esto es perfectamente posible. Sade también lo vio así y pretendió, a su manera, destrozar el amor físico).

 

El amor físico no tiene nada que ver con el Amor, está separado completamente. Esto lo vieron los trovadores, desde el Pirineo hasta el norte de Francia e Italia. Nuestros queridos Dante y Petrarca consiguieron unir la potencia de la lírica amorosa medieval con nombres humanos, Beatriz y Laura. Fin de la historia. El amor de Eros mata al Amor de Ágape. Consecuencia: sufrimiento hasta hoy. Yo reivindico a March quien recreó la poesía amorosa sin humanizarla, sin llenarla del poso de muerte y ceniza que hoy advierto en los italianos.

Leo lo siguiente: “de aquí en adelante la palabra amante tiene el sentido amplio, medieval de amant. Evitando la lengua popular, le devuelvo su sentido primario. El amante es aquel que ama, aquél a través de quien el amor se manifiesta, el conductor del elemento Amor. Tal vez en el mismo lecho, pero tal vez a mil verstas”(Año 1917).

“El ser y el no-ser en el ser amado: jamás quiero descansar sobre el pecho, ¡siempre quiero entrar en el pecho!¡Siempre perderme en la infinitud!”, también “quiero anularme en ti, es decir quiero ser tú. Pero tú ya no existes en ti, ya estás completamente en mí. Me pierdo en mi propio pecho (en ti). No puedo perderme en tu pecho, porque tú no estás allí. Pero, ¿tal vez esté yo allí? (El Amor recíproco, las almas han intercambiado sus moradas.) No, yo tampoco estoy allí. Allí no hay nada. Yo no estoy en ninguna parte. Existe mi pecho- y tú. Yo te amo a través de ti mismo” (Año 1921).

Dos cosas están claras, el texto es de Marina Tsvetáieva y el amor físico es incompatible con el Amor, pueden darse a la vez o no por estar a mil verstas el amante del amado, pero no tienen nada que ver. Son realidades yuxtapuestas.

La admiración del cuerpo bello es algo mediterráneo. Los sajones no saben hacerlo. Sus modelos de belleza están estrechamente relacionados con un modelo de virtud. Esto está claro, por ejemplo, en Pierre o las ambigüedades, de mi querido Melville. El papel de la chica rubia y de la chica morena son definitivos. Sus iglesias vacías de símbolos, sin vírgenes ni santos ni ángeles, sólo una cruz desnuda sobre una pared blanca, en el mejor de los casos forrada de madera, el rito ancilar de la música de órgano sólo puede acabar con la contemplación de la belleza. La rubia encarna la inocencia, la probidad matrimonial, la contención social, el éxito familiar, la fecundidad limpia y aseada. La morena la tentación, la sensualidad, la perdición, el erotismo, la esclavitud del deseo, la pasión y la sangre bullendo.

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