En un salon littéraire cerca de Santiago de Compostela la cabeza política más importante del momento, Ánima Schmitt, la hija del filósofo alemán Carl Schmitt, debate con los exponentes del poder político. Asisten dos jóvenes estudiantes aventajados. Uno de ellos viene de la mano de Álvaro d´Ors, el otro acude por la estrecha amistad que les une. Don Álvaro tenía la capacidad de soliviantar a los mejor dotados, los conducía a la Sala General de la biblioteca de la Universidad de Santiago de Compostela y les espetaba, “¿por dónde pensaba usted comenzar la tesis?”. El salón es dieciochesco pero el envoltorio, el entorno social, es propio del siglo XX. Puede ser la no-ciudad que aparece en El Jarama de Sánchez Ferlosio donde todo lo que acontece no va más allá de la propia narración, donde la acción se confunde de tal manera con las palabras que el lector exclama, “aquí no pasa nada”. Puede ser el Turín de Cesare Pavese o el Orán de Camus, el Madrid de La Colmena. Les rodea un infierno gris y aburrido donde el peligro se conjura en forma de incertidumbre.

Años atrás Ánima era una niña que pasaba las horas muertas en un jardincito en Baviera. Su padre podría haberla visto desde el despacho si hubiera asomado su cabeza de estadista. Estaba sumergido, una vez más, en la lectura de Kant. Lectura que no digería porque el regiomontano no pensaba contra nadie, ¿contra quién piensas?, exclamaba interiormente, ¿contra quién?. Justo después de que Ánima abandonara el jardín de juegos, Schmitt arrojó la Crítica de la Razón Pura por la ventana. Hoy para mí el cuerpo de Ánima no es más que una estatua en un jardín renacentista, un símbolo a escrutar, una piedra fría y ya casi cubierta por el verdín del moho, piedra blanca y gris verde azulada que resiste el paso del tiempo y mis esfuerzos contra ella. El paraíso es un jardín lleno de plantas y una biblioteca llena de libros, leo en una novela no demasiado buena. Ánima leyó el Benito Cereno por primera vez en su vida en aquel jardín lleno de plantas exuberantes de un fulguroso verde amarilleado por el polen primaveral. El Benito Cereno era sometido a discusión en el salón dieciochesco que me tomó por testigo tardío de una de esas tardes en la que unos pocos deciden el destino de los muchos. El discípulo de Don Álvaro escucha atentamente. Ánima toma la palabra, se dirige a dos de los invitados, Tierno Galván y Manuel Fraga. ¿Es el Benito Cereno una obra política? Se dijeron muchas cosas, el discípulo escuchó y soltó un murmullo apenas audible, similar al eppur si muove. Había nacido un Galileo. Dos amigos unidos por la profesión de sus padres separan sus caminos esa misma tarde. Los dos ganan una plaza de Registrador de la Propiedad en tiempo récord. Uno escuchó a Tierno y Fraga y aprendió la lección de memorión. El otro cuenta que allí se dijeron muchas cosas, ninguna de ellas cierta y que él, por supuesto, se calló. Ese callarse a tiempo parece inspirado en Chuang Tze, el sabio humilde y discreto. Don Álvaro dirigió su tesis. Pasados unos años tuvo que abandonar la universidad, “la cabeza más importante de su tiempo, Nietzsche, también lo hizo”.

El mundo estaba tan lleno y tan vacío como hoy. Los grandes hombres llenaban sus vidas tomando prestado el destino de otros seres humanos. Esos mismos que hoy me observan, silenciosos unos, de paso apresurado otros, acicateados por la impaciencia del no comprender ya todo. ¿Quién observa a quién en el museo? El visitante es observado, su destino ha sido definido por un puñado de libros, lienzos y mármoles acabados hace muchos años. El visitante del museo o de la biblioteca sólo añade un pequeño eslabón más en la cadena del Ser.

Ánima se retiró a su dormitorio pasadas unas horas. Estaba fatigada. Ninguno de los presentes captó la esencia política del Benito Cereno, el gran tratado oculto de la política. Al día siguiente paseará bajo las arcadas de Santiago de Compostela que la protegerán de la lluvia constante como si el tiempo fuera también de granito, por un instante considera la posibilidad de que todo se tratara de un trompe l´oeil, de una trampa de la percepción. La puerta del subjetivismo absoluto se abrió esa tarde muy cerca de Santiago, en el salón dieciochesco, los Derrida, Foucault, Chomsky, Deleuze, Rorty, Guattari y compañía comenzarían a gobernar nuestras vidas. Como en El gatopardo, todo tiene que cambiar para que todo siga igual. O como en el Eclesiastés, nada nuevo bajo el sol. Aunque el Eclesiastés también afirmó que la mujer es más amarga que la muerte.

Anuncios