El cuaderno dorado. Dos niveles de lectura sin organizar carreras de caballos.

 

El año 1962 vio la luz El cuaderno dorado, la mejor obra de la Premio Nobel Doris Lessing. A lo largo de más de 700 páginas la escritora va desgranando una gran porción de teorías sobre aspectos variadísimos de la existencia tales como el compromiso político y ético, las mentiras del discurso ideológico, la condición femenina en un mundo masculino, el sexo, el amor, la menstruación, la amistad, la maternidad, el precio inflado de las fresas silvestres, el suicidio, el apartheid o la caza del pichón. Este elenco de temas forman un cuadro impresionante tejido con el tópico de la escritora que después de su primer gran éxito se encuentra bloqueada, no puede seguir escribiendo o sí lo hace pero sin coherencia, sin genio y, cree ella, sin sentido, verdadero motivo fuerte de la narración.

 

Para juzgar acertadamente esta obra de Lessing debemos obviar la militancia izquierdista y feminista de la autora. No importa si estos u otros aspectos influyeron más o menos en la génesis del libro que el lector tiene en sus manos, tampoco si las intuiciones vertidas por Anna Wulf, uno de los personajes importantes, sobre el Partido Comunista y la izquierda en general o sobre el papel de la mujer en la sociedad capitalista se han cumplido o no. Olvidemos por un momento a la autora y centrémonos en el texto cuya publicación a comienzos de  los sesenta, antes de la explosión del 68, revela la inteligencia penetrante y aguda de Lessing. El contenido ético del texto no está lastrado por la moralina, no habla una sacerdotisa. El compromiso político-religioso de los militantes comunistas es parodiado mediante la acertada fórmula de la historia fraguada en la mente ingenua de quien quería ver en Stalin un gran hombre además de un personaje histórico. La lucha de la mujer por conquistar roles masculinos aparece mezclada con las relaciones difíciles entre las mujeres protagonistas y sus propios cuerpos, la educación tradicional recibida, la indiferencia social, el alcoholismo y otras miserias personales. La tensión entre fondo y forma se resuelve acertadamente, el izquierdismo y el feminismo pasan a un segundo plano y el conjunto de textos que forman El cuaderno dorado se leen como un ensayo novelesco sobre la literatura. La solución técnica es magistral, un prefacio cervantino, una novela corta (Mujeres libres) que podría funcionar por sí sola con fortuna, cuatro cuadernos de diversos colores (negro, amarillo, rojo y azul) y como clave final el cuaderno dorado. Los personajes saltan de un cuaderno a otro y a medida que la lectura avanza damos con situaciones  que nos resultan familiares y nos invade la sensación de recorrer una y otra vez el mismo camino hasta un punto en que reconocemos que la narración impresionista marcada por un fuerte cuño personal se disuelve en un conjunto impersonal y objetivo en el que todo ha sido falso, o sea, ficticio y novelesco, pura diversión melancólica.

 

Estos dos aspectos, inteligencia y maestría literaria, hacen especialmente interesante el texto que comentamos. Sin embargo echamos en falta la presencia del secreto, la intriga y la conspiración, fantasmas propios de la ficción contemporánea que ayudan a desarrollar la narrativa entrópica que reconocemos ya en el texto de Lessing donde el discurso del narrador se desordena y conduce a situaciones y conclusiones en apariencia no queridas o incoherentes. La guerra fría, Vietnam, el asesinato de Kennedy y la omnipresencia de los servicios secretos empujarán a la narrativa a terrenos extraños donde los Pynchon, DeLillo, Mailer o Vidal además de asumir las técnicas ensayadas por los Mann, Kafka, Joyce o Musil explorarán la visión conspirativa de la realidad.

Por otra parte, podemos leer esta obra de la escritora angloiraní como uno de los hitos de la literatura femenina. Yo no creo que exista una literatura caracterizada por una visión puramente femenina del mundo, más bien hablamos de literatura escrita por mujeres cuyos textos pertenecen al canon de la literatura universal. Doris Lessing se emparejaría con Natalia Ginzburg, compartiría algunos aspectos con la librera Sylvia Beach, menos con Alejandra Pizarnik, algunos con Woolf y Mansfield y ninguno, aparte de la calidad literaria, con Carson McCullers. Como el tema del canon occidental está sometido a un fuerte debate que aquí no podemos abordar y tampoco pretendemos organizar una competición de carreras de caballos entre escritoras (a petición de la propia Lessing en su prefacio) basta añadir que El cuaderno dorado puede ser merecedor o no del Premio Nobel o del Príncipe de Asturias, pero sin duda afirmamos que merece ser leído bien como composición magistral bien como texto emblemático de la literatura femenina.

 

 

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